Por Antonio Orjeda
No sabemos si con alivio, pero a Augusto su mujer le ha dicho: tú no miras chicas, tú miras camiones. Él se mata de risa y asume. Total, es cierto.
"Yo me cruzo con uno que no es de los nuestros y, si me gusta, lo miro de pies a cabeza: cómo está armado, si tiene suspensiones neumáticas, ejes retráctiles, un sistema de inyección electrónica que no genere humos...". Sí, así es Augusto; y le viene de niño.
En Pativilca, en el fundo donde creció, su padre tenía claro a qué se irían a dedicar sus hijos desde cachorritos.
"Él dice que a los 3 años yo andaba metido en el taller donde estaban los tractores; y, mi hermano, en los corrales con los caballos". Hoy, su hermano es juez en certámenes de caballos de paso y, él, se hizo mecánico en el Senati (cosa que no le hizo gracia alguna a su viejo). Es que Augusto lo tenía claro. Tanto así que ni bien supo que el corredor de autos Ricardo Bentín necesitaba un auxilio mecánico, al toque se presentó ante él. Y, ahí mismo, la suerte entró a tallar.
Bentín le presentó a Gianni Galletti, otrora copiloto de Raúl Orlandini y quien entonces --1981-- se prestaba a correr los Caminos del Inca. Galletti necesitaba un copiloto y Bentín le propuso que sea Augusto. Fue su primera gran experiencia. De los ocho Mazda 323 que partieron, el de ellos fue el que más lejos llegó.
La gran lección que aprendería en el planeta de los fierros, sin embargo, fue que esa no era su ruta. Viró entonces hacia el sector transportes.
YO, CAMIÓN
Se volvió loco. "Detrás de cada camión había un mundo. De repente, yo los estaba especificando como si fueran autos de carreras". Una década atrás, como superintendente de Mantenimiento de Backus, Augusto no se aguantó, prendió el motor de una de esas bestias y no paró con su espumosa carga hasta Chincha.
Hoy le encantaría repetir la gracia, pero el tiempo, el maldito tiempo se lo impide. Claro, él ya ha encontrado mil maneras de paliar la pena y lo mejor de todo es que cada una de ellas es su responsabilidad. "Yo he terminado supliendo mi afición de niño", sonríe y se sabe afortunado. Cada dos años, cuenta, él invierte un par de millones de dólares de la empresa en comprar nuevas máquinas para la distribución de cerveza. "Esto no es un juego", advierte, pero al toque reconoce que, hacerlo, es muuuy divertido.
Augusto ha encontrado al fabricante ideal, al que le hace los camiones a la medida. Y cuando estos llegan a Lima, él disfruta, le aflora el chibolo que a los 3 años vivía entre tractores. Sí, pues, está claro: el viejo --su viejo-- no se equivocó.