Por David Hidalgo Vega
El corte de cabello delata que su militancia en el folclor tiene un pasado marcial. Elvis Cabrera es un hombre de estatura mediana, mirada entrenada, contextura de veterano de armas. Tiene la entonación acerada de los cuarteles de invierno, la dicción modulada de quien ha vivido bajo disciplina. Esta mañana, sin embargo, exhibe su condición de maestro. Acaba de hacer las últimas coordinaciones con sus alumnos de danzas folclóricas, un grupo al que instruye con rigor dosificado. Mañana habrá otra sesión de ensayos para sus bailarines de Huaylarsh. Cabrera, entrenado durante sus oficios pasados para no fallar, no quiere dejar ningún detalle suelto.
El grupo recibe también clases de actuación. Las necesita para el debut cinematográfico que se viene. El cineasta Alejandro Rossi empezará a filmar con ellos una película llamada "Coliseo", que recreará una historia en medio del ambiente del Huaylarsh. Cabrera fue convocado por Rossi para adiestrar a un elenco de cincuenta bailarines. Debe hacerlos ver como los campeones que representarán en la ficción. No habrá una gran simulación en esto: director y coreógrafo han seleccionado a los mejores bailarines de las compañías de los conos de Lima. Ahora Cabrera debe hacerlos actuar como un solo e infalible cuerpo de baile. Como un pequeño ejército de zapateadores.
VOCACIÓN ARMADA
Varias de las lecciones que imparte a sus alumnos proceden de su férrea formación militar. Cabrera fue infante de marina. "Postulé dos veces para hacer mi servicio militar y me rechazaron porque era muy joven. Solo a la tercera me aceptaron", recuerda. Una vez dentro pareció encontrar lo que él llama su vocación de servicio. Cuando su período de reclutamiento se cumplió y debía prepararse para volver a la vida civil, optó por quedarse. Un día hubo una selección de voluntarios para enrolarse en la Infantería. Entre los seleccionados había un muchacho que no quería arriesgarse en un cuerpo que suele ser considerado como fuerza de choque. Eran tiempos de emergencia por el terrorismo. Cabrera se ofreció como reemplazo. Su estatura no le ayudaba, pero terminaron por aceptarlo. Ese sería el primer giro de su vida.
En la Infantería recibió cursos de seguridad, entrenamiento en la selva, una preparación que produjo dos cambios sustanciales: le quitó el miedo a muchas cosas y lo hizo sentir capaz de cualquier meta. "Me tocó ser prisionero de guerra en los entrenamientos. Después de eso uno supera todo", dice. Allí también conoció oficiales intachables que se convirtieron en sus modelos.
Por eso esperaba su turno de ingresar a la Escuela Técnica. Días antes de que le llegara, pidieron voluntarios para llevar un cargamento al sur. Cabrera se ofreció. Cuando pasaban por el llamado Túnel de la Muerte, cerca de Palpa, una explosión lo envió al abismo. Era una emboscada. Los reportes de ese atentado dijeron que no había más sobrevivientes que un oficial. Cabrera fue dado por muerto. Pero unos samaritanos lo llevaron a un centro médico cercano. "En ese centro había pocos recursos y los doctores decían que me iba a morir", recuerda el hombre. Él se resistió a esa suerte y alcanzó a tomar la mano de uno de los médicos que ya lo desahuciaban. Le reclamó que lo ayudara a curarse. Poco después, su familia logró que su institución enviara a recogerlo de urgencia.
Diez meses en el hospital lo desanimaron. Un día se mandó mudar a casa. "Estaba traumado, no quería reconocer cómo había quedado mi cuerpo", recuerda. Es un tema sensible incluso después de varios años. Algunas cicatrices disimuladas por la cirugía estética todavía alimentan su memoria. Sobre todo porque el tormento no terminó allí. Meses después, mientras vigilaba un sector de Ventanilla, en Lima, su patrulla fue atacada con disparos. Tras repeler el ataque, los soldados se retiraron en busca de apoyo. Solo entonces Elvis Cabrera notó la mancha que empapaba su ropa. Le habían dado en la pierna. "Tras ese segundo ataque, en menos de un año, mis padres me pidieron que dejara la vida militar". Otros episodios lo cuestionaron sobre el límite de la obediencia. Todo eso aceleró su baja.
MILITANCIA DE FE
El paso a la vida civil no fue más fácil. "Me desubiqué. Sentí que en la calle no era nadie", dice. "Tiempo después vi la película 'Días de Santiago', sobre ese militar que se siente perdido. Te puedo decir que esa es la realidad de muchos de nosotros", insiste. Cabrera, quien se reconoce un inconforme, tuvo que esforzarse todavía más para encajar en su nueva condición. Una vez tuvo que renunciar a un puesto como obrero, al que estaba capacitado por su entrenamiento militar y su pasado de trabajo precoz. Sus compañeros le recriminaban que producía demasiado. Renunció. No quería problemas.
Fue entonces que se refugió en la fe. Pasaba mucho tiempo en la parroquia de Collique administrada por la congregación de los Clérigos de San Viator. Esos sacerdotes canadienses lo alentaron a formarse como seminarista. Recibió cursos de formación en psicología, teología, sobre la Biblia. Durante dos años se labró un camino que debía conducirlo a las sotanas. Una vez le pidieron preparar a un grupo para presentar un número artístico. Los muchachos escogieron bailar Huaylarsh. Se le estaba abriendo un nuevo camino. "Yo llevé a un muchacho, que no era profesor, para que les enseñara. Pero yo, para que me saliera bien, quise averiguar más".
Empezó un periplo por varias agrupaciones folclóricas. Así llegó a la de Los Guapos del Centro, de la que años después se convertiría en director. Al principio aprendía más lento que los demás. Tenía problemas para seguir las indicaciones de un profesor huancaíno traído especialmente para enseñar esa danza. "Nunca he sido buen bailarín, me parecía que todos eran más hábiles que yo. Pero no me daría por vencido". El baile copó su necesidad de militancia. Cuando tuvo que elegir si seguía el camino del sacerdocio, optó por ser laico consagrado.
VOCACIÓN DE DANZA
Cabrera ha aplicado al baile todos los recursos que ha ido adquiriendo en anteriores oficios: la disciplina militar de sus tiempos en la Marina, el afán pedagógico de su formación como seminarista. "Antes el grupo estaba formado por gente que veía esto como un hobby, una oportunidad para divertirse y tomar. Yo pienso distinto. Por eso he ido alentando el ingreso de gente que vea esto como una vocación".
La fórmula le ha funcionado siempre sobre la marcha. Uno de sus primeros retos, como maestro, fue enseñar huaylarsh a los alumnos de un colegio de Canta, en la sierra de Lima. Había llegado por recomendación, pero tenía menos de un día antes del concurso local de danzas folclóricas. Cabrera llegó a las dos de la tarde de la víspera. En lugar de tomar un descanso, se dirigió al colegio donde debía ensayar. Preparó números de huaylarsh y chonguinada. "Estuvimos ensayando hasta la una de la mañana, en plena lluvia", recuerda. "Mi formación militar. Les dije que se olvidaran del dolor de piernas, que pensaran que eran de acero". El grupo durmió unas pocas horas antes del concurso. Al final, tanto el elenco de primaria como el de secundaria, a los que había entrenado, resultaron campeones.
Con el tiempo, su metodología se ha depurado. Cabrera incluso ha cursado estudios superiores de Educación. Llevó algunos ciclos de la carrera en la Universidad de San Martín de Porres, hasta que las necesidades económicas lo obligaron a concentrarse como maestro. A estas alturas debe haber impartido clases de baile en más de cien colegios, según sus cálculos. El beneficio también se evidencia en el elenco de Los Guapos del Centro, uno de los dos grupos que en el 2004 protagonizaron el documental Lima Was!, también del cinestasta Alejandro Rossi.
En esa historia, Los Guapos del Centro se enfrentan con el favorito grupo Defensor Gloria por la final del campeonato folclórico más importante de Lima. Y vencen. "Allí queda reflejado algo del trabajo que he hecho con el folclor, que yo he tomado como mi arma de vida", dice Cabrera. Se refiere a las historias de algunos muchachos que iban por caminos erráticos hasta que él los captó para su grupo parroquial. Ahora, entre Los Guapos hay jóvenes que estudian Derecho e incluso uno que trabaja como policía. "Tenemos miembros de todos lados y de toda condición", se jacta el director.
Algunos de ellos participarán en la nueva película propuesta por Rossi: "Coliseo". Los ensayos empezaron el pasado 15 de enero en el Teatro Municipal y Cabrera prepara coreografías de carnaval. El filme retomará la idea de un concurso de baile, aunque las historias estarán matizadas. "Creo que habrá algo de amor", comenta. Habrá dos grupos rivales y momentos de intriga y acaso una victoria feliz que no necesariamente refleja la realidad. Lo infalible es esa voluntad por el éxito que evidencia una creciente actitud popular. El propio Cabrera es una muestra. Su mayor sueño es triunfar en el extranjero con su elenco de baile. Lo suyo es una lucha de largo aliento.