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El fruto de la abuela Perpetua

HISTORIAS DE ÉXITO. Se llama Jorge Piscoya, tiene 35 años y está al frente del reino de San Roque que vende toneladas de king kong. Una transnacional ha querido comprarle la receta del dulce con fábrica incluida, pero se ha negado: es la herencia de su abuela, es el sueño de su padre

Por Milagros Leiva Gálvez

Fue en realidad Victoria Mejía de García, la madre de Perpetua, quien tuvo la idea. Cada 13 de junio, cada Navidad, hacía alfajores para vender a beneficio de los ancianos pobres de Lambayeque. De tres sabores el relleno: maní, piña y manjar blanco. Perpetua estudiaba la receta y animaba a su madre a poner un negocio personal. Lo abrieron en la calle San Roque. En 1920. No era una novedad, en Lambayeque no había señora que no supiera hacer alfajores, la diferencia estaba en la receta del manjar.

--¿Y tu bisabuela no pensaba en vender?

--Ni hablar, quien inicia la empresa es Perpetua, ella patenta la marca King Kong San Roque, no quiso patentar solo el nombre king kong porque decía que Dios amanece para todos. Hoy mucha gente se dedica a la elaboración de este dulce, lamentablemente todavía hay informalidad y mucha imitación, pero el king kong da de comer a muchos peruanos; es más, ya tenemos una asociación de productores con doce marcas registradas.

Quien narra la historia es Jorge Piscoya, el heredero, el gerente general del king kong San Roque que hoy se vende en Estados Unidos, Suiza, Bélgica, Chile, Canadá y Costa Rica, por mencionar algunos de los mercados ganados. Jorge todavía recuerda cómo metía las manos a las bandejas del manjar, hoy nadie puede meter ni siquiera un dedo de antojado. Si antes la abuela Perpetua elaboraba casi de manera artesanal, hoy la fábrica ha superado la venta de tres millones de dólares anuales en promedio.

Para explicar el nombre Jorge Piscoya recurre a las leyendas urbanas. Hay una versión que asegura que llamaron king kong al dulce de Perpetua porque tenía la misma forma del ladrillo que se utilizaba para la construcción. Otros explican que es por la película muda del gorila que llegó en los años cuarenta. Era tan grande el alfajor (en el principio del negocio pesaba dos kilos) que cuando alguien pasaba por la calle, San Roque decía: "Voy a comprar un king kong". Jorge cree las dos versiones de su abuela y sigue sin escatimar. La abundancia en el relleno y en la galleta es la prioridad: un pedazo generoso puede llegar a ser un almuerzo.

Y si la vida es una tómbola, como dice la canción, la de Jorge tuvo el boleto premiado. Su padre en realidad fue adoptado por Perpetua, que no tuvo hijos y se casó recién cuando cumplió 50 años. Por eso Jorge Piscoya no lleva los apellidos de Perpetua. Su madre, Marina Maiquén, trabajaba en la casa de Perpetua cocinando y lavando ropa. Cuando quedó embarazada, apenas pudo conseguir que el hombre firmara al niño y luego se murió. Perpetua educó a Jorge sin ocultarle la verdad y le enseñó que en la vida lo importante es trabajar. "Perpetua no era mi abuela de sangre, pero yo la sentía así. A mi padre lo quiso y educó como si fuera su hijo biológico". Y tanto era el cariño que cuando Perpetua enfermó y quedó postrada durante trece años, no hubo noche en que Jorge no fuera a vigilar su sueño cogido de su mano. El año pasado, antes de morir, Jorge Piscoya llamó a su único hijo que tiene su mismo nombre y le sonrió agradecido por el esfuerzo: "Tu abuela soñaba con la exportación y cruzar ahora con el king kong es como rendirle homenaje a su pasión", le dijo poco antes de partir. Sentado en su oficina de gerente, Jorge confirma que todo el volumen de venta de San Roque no solo es un homenaje a Perpetua, también lo es a su padre que le enseñó a perseverar. "Mi padre siempre estudió y trabajó porque se lo inculcaron. No tenía problemas en trabajar y yo tampoco lo tengo. Me enseñó que cuando las cosas se ponen feas no hay que dejarse". Perpetua murió a los 82 años, Jorge a los 65.

--¿Y de dónde sale la fuerza para resistir en los momentos difíciles?

--Esta empresa, desde mi abuela, desde que yo recuerdo, mantuvo el espíritu de familiaridad. Siempre existió ese lazo entre todos los trabajadores. Cuando las cosas estuvieron difíciles, sobre todo al final del primer gobierno de Alan García, recuerdo cómo trabajaban: un día sí, un día no. Muchas empresas quebraron en esa época y nosotros resistimos por nuestra propia gente que apoyó. Por eso estoy agradecido, porque todos soportamos juntos. Yo llegué a trabajar a los 22 años y sentí temor porque no todo estaba bien, porque en cualquier momento podíamos caer, pero sentí la fuerza de todos. Eso me ayudó: nunca me sentí solo.

--Asumes la gerencia en el 2004, tenías 32 años. ¿Había temor?

--Claro, siempre. Y cuando tenía que tomar decisiones le consultaba a mi padre, ahora solo miro al cielo y espero respuestas. Pesa porque uno sabe las historias de herederos que echan a perder el trabajo de los padres y yo no quiero que me pase.

--Sabemos que Bimbo ha querido comprar tu fábrica, la receta...

--Sí, me dijeron que pusiera precio. Y, claro, yo veo que todo va vendiéndose, pero mi intención es no ceder. Siento orgullo porque empresas grandes se fijan en empresas peruanas que comenzaron de manera artesanal. Sé que son grandes, pero nosotros también tenemos mucho por dar. Si necesito apoyo para crecer, encontraré gente que me ayude.

--¿Te molestó que Sandra Plevisani dijera que el king kong "es un tranca culo"?

--No, mucha gente se molestó en Lambayeque, pero yo entiendo que no a todo el mundo tiene que gustarle este dulce. No le di mucha importancia y tampoco soy rencoroso; además no creo que ella haya querido hacer daño, esa fue una expresión, nada más.

--¡Invítale tu king kong!

--Ja, ja, ja, si ella quiere, siempre será bienvenida.

--¿Cuál es tu recomendación para comer king kong?

--Me gusta congelado, es buenazo. Con café, con helado, solo, acompañado. No hay pierde.

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