Por Fernando Vivas
El primer día del juicio, el lunes 10 de diciembre, Fujimori tenía una estrategia. Y fue por ella que bramó su inocencia; que, pata en alto, nos echó en cara su triunfo contra el terrorismo; que desafió el tensiómetro de los médicos hasta que suspendieron la audiencia vespertina. Quedó temblando como perro sin pelo, pero había vencido contra todos los pronósticos.
Pero ningún megaacusado puede sostener una estrategia así por tanto tiempo. No le daría el cuerpo ni el alma. Carlos Raffo, tan limitado como político y tan angurriento como publicista, le dio a su amado líder un libreto para animar un spot de pocos minutos cuando lo que necesitaba era un cursillo de paciencia y tenacidad oriental para aguantar meses enteros.
Bastó una sola jornada para que la estrategia se hiciera polvo. Al siguiente día del megajuicio se le leyó la sentencia por el delito de falsear una operación fiscal para violar el domicilio de Trinidad Becerra, la esposa de Montesinos, y su abogado César Nakazaki, quien tiene una lógica distinta a la de Raffo, le pidió que se declarara culpable. Sentado, confeso, culposo y sumiso, tuvo que soportar el primer palazo de una tanda que, dos meses después, continúa y tiene para rato.
Y le llovieron tantos palos: el fiscal que le pidió sentarse bonito, oír educadito, responder sin chistar y sonreír sin cachita. Han molido al pobre 'Chino' mientras Martha Hildebrandt cabeceaba, Luz Salgado y Carmen Lozada hacían pucheros, Kenji y Mark intercambiaban chistes con figuritas y Keiko chancaba lo que iba a decir a la prensa a la salida de la Diroes.
Tuvo que aguantar Fujimori que el testigo Samuel Dyer, a quien él había acusado de narco, le devolviera el palazo en plena audiencia; que Jorge del Castillo, también de testigo, evocara su narcoestado; que Colina tras Colina desfilaran tan cerca de él que ya parecía uno más del grupete.
Falta estudiar el efecto de tanto palo sobre la moral de un ex presidente y de sus simpatizantes. Estos últimos, sigan o no el juicio por Canal N, son imprevisibles, pero su líder sí denota, en su semblante pesaroso, en su cerviz baja y en sus frecuentes cabeceos, que de noche lo desvelan pensamientos de derrota.