Por Virginia Rosas
Colombia amaneció el lunes toda de blanco vestida y con un grito al unísono: "No a las FARC". La iniciativa de congregar al mayor número de personas para repudiar a los terroristas que utilizan a seres humanos como moneda de cambio nació de un grupo de jóvenes que, a través del Facebook de Internet, habían pedido firmas para manifestar el rechazo de la población a los secuestros. La propuesta desbordó la demanda de los propios organizadores: solo en Bogotá se calcula que dos millones de personas salieron a las calles para decirle alto y fuerte a las FARC el repudio que generan.
Se calcula que en todo el país fueron cuatro millones de ciudadanos de diverso origen social, político y religioso quienes desfilaron por las calles enfundados en polos blancos y enarbolando banderas colombianas. Las manifestaciones se multiplicaron en más de 120 ciudades del mundo, convirtiendo la jornada del lunes en un hecho histórico sin precedentes. Sobre todo, en un país sometido durante años por la violencia y poco acostumbrado a manifestar a viva voz su repudio al grupo armado por temor a las represalias.
La iniciativa contó desde un primer momento con el apoyo del gobierno. La administración pública en general dio asueto a sus trabajadores para que participaran en la marcha. Las escuelas y universidades no dictaron clases ese día y los medios de comunicación apoyaron la marcha con una campaña sin precedentes.
Hubo deserciones en el camino: el izquierdista Polo Democrático (PD), que en un primer momento apoyó la manifestación, se desmarcó de la misma cuando esta comenzó a recibir apoyo del gobierno. El PD llamó a sus huestes a reunirse a las 10 de la mañana en la Plaza Bolívar de Bogotá, para protestar contra la política militarista de Álvaro Uribe y exigir una política de paz.
Ambos grupos, los del PD y los otros manifestantes se encontraron en la plaza pública sin que haya habido ningún tipo de fricción entre ellos. Porque cuando hay un enemigo común no hay lugar para enfrentamientos y Colombia entera se puso de pie.
Pero, como suele suceder, hay quienes pretenden sacar provecho de la situación. Envanecidos con el 80% de popularidad que ostenta el presidente Álvaro Uribe tras su periplo europeo --en el que salió triunfante en el pulseo contra el impresentable Hugo Chávez, que pretendía dar el carácter de beligerante a las FARC-- el Partido de la U, el principal grupo que apoya a Uribe, comenzó a correr vergonzosas listas para llamar a un referéndum que permita la re-reelección del presidente. Sí, tal como lo hiciera Alberto Fujimori en nuestro país.
No solo la oposición, sino aliados del mandatario --que hasta ahora siempre ha dicho que no intenta la reelección-- han puesto el grito en el cielo ante el intento de caudillismo, que ningún favor le hace al país cafetero.
El propio Partido Liberal, de cuyas canteras sale Uribe, ha solicitado que el presidente desautorice las propuestas antidemocráticas de la U y que diga de una vez por todas si pretende continuar su estadía en el Palacio de Nariño.
Paradójicamente, las FARC con su intransigencia y su crueldad están logrando que la popularidad de Uribe entre sus compatriotas se acreciente en vez de bajar. El mismo efecto produce Chávez en el mandatario colombiano: mientras más pretende hundir a Uribe, más puntos lo hace ganar.
En palabras del director de la revista "Soho", Daniel Samper Ospina, las FARC están logrando que todo el mundo se vuelva uribista. Triste para la democracia sería que pretendiera --como su colega llanero-- entornillarse indefinidamente en el poder creyéndose irreemplazable.