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Especial PRESOS DE UN CÍRCULO VICIOSO

La vida entre el encierro y el destierro

Son cerca de 500 los peruanos en la cárcel chilena de Acha, en Arica. Todos ellos son una historia, una vida echada a perder por ambición, necesidad. Historias para no pensar

Por Ricardo León. Enviado especial

La frontera entre la inocencia y la candidez no fue la única que cruzó aquel día C. G., de 31 años; horas antes había atravesado la que separa Tacna y Arica con ovoides dentro del cuerpo y cocaína dentro de esos ovoides. La detuvieron apenas ingresó a territorio chileno y entonces traspasó otros límites, esos que dividen la libertad en abstracto con los muros de concreto de una cárcel en medio del desierto, que es como decir en medio de la nada, pero con más calor. Ella sabía que le quedaba una opción, acaso infalible, pero los psicólogos del penal y el aislamiento absoluto --y algún instante de lucidez vital activado nadie sabe cómo-- lograron evitarlo. Esa habría sido su última frontera.

"Pensé que diciéndoles que tengo hijos les iba a dar lástima". Dos años de pena le han enseñado que los carabineros no están hechos para sentir emociones ajenas.

C. G. trabajaba en una unidad de bomberos en la selva del Perú; había nacido en Tingo María, una de las capitales del narcotráfico, pero nunca tuvo ningún contacto con las drogas. "Soy madre soltera y tenía que mantener a mis dos hijos. Con diez soles diarios no alcanzaba". Y por eso cuando el amigo de un amigo de un amigo, etc., le comentó la posibilidad de ganar algunos dólares a cambio del trabajito, ella no lo pensó mucho. ¿Total, qué opciones había de que todo estuviera planificado para que, mientras los policías se entretenían revisándola y deteniéndola, un verdadero traficante cruzara el control fronterizo con toda la calma del mundo?

La Gendarmería de Chile permitió a El Comercio conocer el penal de Acha, en Arica. Conocer es un decir: varios internos peruanos, hombres y mujeres, fueron entrevistados en una pequeña habitación muy cerca de la puerta de entrada. Ahí dentro C. G. contó su caso, habló de sus hijos y pidió que en las fotos no apareciera su rostro para que nadie la reconociese porque cuando salga, dentro de tres años, quiere seguir siendo bombera.

PSICOLOGÍA PERVERSA
No solo los perros huelen el miedo. A Janet Zegarra, de 30 años, la encontraron con las defensas psicológicas bajas cuando estaba sentada en un parque en Tacna contándole a una amiga que estaba a punto de separarse de su pareja, que encima estaba embarazada y que unos policías peruanos le habían decomisado un lote ilegal de cervezas que pensaba vender para pagar algunas cuentas. Tenía miedo a lo que vendría. "Y ellos saben perfectamente cuándo estás mal. Vienen dos extraños, pasan por tu lado, te hablan, te preguntan: ¿Qué tienes, amiga? Tú les cuentas. Te invitan una gaseosa y cuando tienen cierta confianza, te convencen y tú ni cuenta te das".

Por no darse cuenta y por ingresar a Chile con medio kilo de cocaína la sentenciaron a cinco años y un día de prisión. El perfil de las peruanas internas en este penal es más o menos homogéneo: madres solteras, jóvenes y de bajos recursos: la necesidad. Jacqueline Rodríguez corrige: "No, es la ambición". Ella trabajaba como profesora en un colegio especial en Lima y, además, vendía joyas y artesanías, hacía traducciones para mantener a su hija. A Jacqueline se le escapa el dejo chileno. "Es que de tanto hablar con las 'niñas' a una se le pega" (las 'niñas' son las internas).

Ella no soportó la tentación de ganar US$2.500 en un solo día de trabajo por cruzar la frontera con dos kilos y medio de cocaína pegados al cuerpo. Dice que con eso iba a pagar el quinceañero de su hija. Y su hija ya no quiere visitarla porque está molesta. Y su hermano tampoco porque trabaja en una entidad estatal en Tacna y no quiere que lo reconozcan entrando al penal.

"A mí me señalaron, lo mío fue un soplo. Los policías ya sabían todo de mí, dónde había estado, dónde tenía que entregar la droga, todo". Este viene a ser el patrón más común en los presos peruanos en este penal: alguien maneja este círculo perverso. Porque a Renso Panduro, de 21 años, le sucedió lo mismo. El dueño del mototaxi que él manejaba en Iquitos para mantener a sus tres hijos lo contactó con otra persona que le propuso un negocio --otra vez las bajas defensas psicológicas-- : introduces 100 ovoides en tu cuerpo, evitas ponerte nervioso, entregas la droga, cobras bien y arreglas tu vida.

El único consuelo que tiene Renso es pensar que cuando salga, en cinco años, todavía será joven. "Con el tiempo me di cuenta de que lo mío fue un soplo. A mí me han canjeado, yo estoy seguro de que alguien dio mi nombre y con eso ganó algo". Esa certeza provoca, entre cosas, insomnio.

EL JUEGO DE LA LIBERTAD
Un calendario dentro de la cárcel también sirve como cable a tierra. J. M. M., de 55 años, se sabe las fechas de memoria: fue detenido el 9 de marzo del 2005, la condena llegó el 25 de mayo del 2006 y saldrá libre en setiembre del 2009. Él cubría la ruta Tacna-Arica como chofer de ómnibus y varias veces había visto casos de peruanos que cruzaban la frontera con droga dentro del cuerpo o dentro del equipaje y que eran detenidos. Pero la desesperación se transforma en una sombra de valentía: le ofrecieron ganar en un solo día 600 soles por llevar un paquete de droga en auto; es la misma cantidad que recibía como sueldo manejando el ómnibus.

"No sé cuánto era, me dieron un paquete cerrado y me dijeron que lo entregue a otras personas. Pero esas personas no estaban y la policía me había estado siguiendo. Ya sabían todo. Alguien dio datos".

Y esos datos cuestan. A Jorge More, de 50 años, lo detuvieron porque alguien dio información a cambio de algo más. "Así funciona esto, aquí uno puede comprar libertad". Los traficantes buscan víctimas, eso es lo más fácil. Los envían a Arica con droga de baja calidad, y eso lo sabe con anticipación un interno del penal. Ese interno da el nombre a la policía y listo, ya cayó otro: eso ocurre a diario.

La colaboración eficaz equivale a una reducción significativa de la pena. "Y eso pasa siempre, aquí venden nombres de personas que podrían ser delatadas. A mí me los han querido vender".

Jorge no solo ha visto esto dentro del penal: él lo vivió. La persona que lo delató era, curiosamente, su compañero de celda. Ahora el delator recobró la libertad mientras Jorge todavía posa para las fotos con una imagen de Sarita Colonia, la patrona de los presos.

Radiografía de un problema estructural
"Es un problema diario", comenta el cónsul general del Perú en Arica, Jorge Salas. Las estadísticas más recientes dan cuenta de 464 presos peruanos en el penal de Acha (363 hombres y 101 mujeres). "Pero hay más, no sabemos cuántos, pero cada día hay más".

Estos internos cuentan con la asesoría jurídica de un abogado chileno, Franco Hernández, quien visita el penal todos los jueves para atender los problemas legales de aquellos que lo necesiten. "Hay personas desesperadas, que no tienen visitas ni apoyo familiar, que dejaron todo en el Perú por un poco de dinero". Y entonces un abogado se convierte en algo así como un hada madrina: "Me llaman los familiares a preguntarme cómo está tal o cual interno, los internos me piden que les dé mensajes a sus familiares. Este no es un problema jurídico, sino social", comenta Hernández.

Además, como dice Elena de Cueva, "en la cárcel no todos son culpables". Ella dirige el Comité de Damas, un grupo de peruanas que realiza obras de caridad en el penal. La mayoría de internos vivía en alejadas provincias del Perú y no recibe casi ningún apoyo familiar.

El problema principal, sin embargo, es que esta situación se repite siempre. No es exagerado decir que cada día dos o tres peruanos caen presos en situaciones similares, y que alguien opera esta especie de mafia que está poblando el penal de Acha con peruanos humildes que caen en las redes del tráfico de drogas, a cambio de verdaderos traficantes que, a costa de ellos y de sacarle la vuelta a las leyes chilenas, salen libres en poco tiempo.

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