Por Juan Álvarez Vita. Embajador
El caso recientemente difundido en "The New York Times", sobre el arresto de disidentes en China que promovían la campaña "Queremos derechos humanos, no las olimpiadas", nos invita a reflexionar sobre la labor de las llamadas organizaciones no gubernamentales (ONG).
Nadie podría, en la actualidad, imaginar la promoción y salvaguarda de los derechos humanos sin la participación de estas. Ellas aparecieron en el panorama internacional como respuesta al poder encubridor de algunos estados frente a las violaciones a los derechos humanos supuestamente ocurridas en territorios bajo su jurisdicción. Su labor ha sido y es meritoria.
Desde aquellos días mucha es el agua que ha corrido bajo los puentes. Muchas teorías han caído por caducas y el derecho internacional contemporáneo ha ido evolucionando hasta abandonar la tesis de considerar que los estados eran los violadores exclusivos de los derechos humanos. Hoy se reconoce que también pueden serlo otros actores como grupos terroristas, la persona humana y las propias organizaciones no gubernamentales no escapan a esta posibilidad. El campo se ha ido ampliando, como también está en medio de un proceso de expansión el concepto mismo de los derechos humanos.
Ello explica que el número de ONG, al igual que sus temas, se haya multiplicado en los últimos años. Las ONG son imprescindibles tanto al interior de los estados como en el exterior, llevando su voz a los organismos internacionales como la OEA y la ONU, y muchas de ellas están reconocidas por el Consejo Económico y Social de la ONU, más conocido como Ecosoc.
En los más de 25 años que he venido ocupándome del tratamiento de los derechos humanos en los cinco continentes, he visto nacer y morir a algunas de ellas, ver a otras mantener la plenitud de su prestigio y a algunas pocas en su decadencia más grande. Cuando me tocó integrar, durante diez años, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU (el órgano más importante encargado de supervisar el respeto de ese grupo de derechos humanos) contamos con la colaboración de muchas ONG. También comprobamos que algunas de ellas eran manipuladas por estados que, incluso, al parecer, las subvencionaban.
Por otra parte, no he visto Estado, ni grande ni diminuto, en el que no se violen, con mayor o menor intensidad, los derechos humanos y, dentro de los campos geopolíticos, no era ni es difícil percatarse que una ONG puede ser utilizada como arma para desprestigiar a un régimen gubernamental.
Considerando estos factores, una ONG debe actuar con tacto para que su labor, que en la mayoría de los casos es digna de todo respeto, no dé lugar a dudas o suspicacias.
Incluso el momento en el que emiten un pronunciamiento debe ser cuidadosamente estudiado, para evitar que se les vincule políticamente con algún país o empresa transnacional y que su imagen se vea relacionada, con razón o sin ella, a la lucha de mercados, como viene ocurriendo en el caso bajo comentario.
De ahí la imperiosa necesidad de que las ONG estén dirigidas por personas de gran probidad, versadas en la ciencia política tanto nacional como internacional y en los derechos humanos, de mucho tino, conocedoras de la realidad económica, social y cultural y que se hagan merecedoras de la confianza de la humanidad.