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Rincón del autor

¡Qué tal bronce, cuñado!

Echadas, horas de horas, buscan su bronceado perfecto, sin que se convierta en el color cobrizo que reclaman como símbolo nacional los Humala

Por Abelardo Sánchez León

El encanto de Lima es que está al pie del mar. La belleza del mar es inigualable, pero la brecha que existe entre el mar y la playa es enorme. La playa tiene, sin embargo, un estigma: los playeros serían unos pacharacos, unos frívolos o unos buenos para nada que se la pasan echados buscando el bronce perfecto y no les interesa el paro agrario, las trifulcas turísticas en el Cusco, el tercio superior o el megajuicio a Fujimori. Los que pueden ir a la playa serían unos privilegiados, unos bacanes, unos hijitos de familia, que ni leen ni se enteran de los graves asuntos que angustian a la patria.

Uno podría argumentar y decir que ir a la playa es relativamente fácil, Lima queda en la costa, y que no se trataría de una distracción cara. Podríamos decir que ir a la playa es una sana recreación natural, barata y agradable; el contacto con la naturaleza, el aire fresco, la luz del sol. Sin embargo, no lo es para el comentario de la gente: un buen bronceado cuesta un montón, significa que tienes tiempo, que gozas de los privilegios de un club, que tienes auto, y todo ello te delata como un miserable privilegiado. Qué envidia, qué lechero, qué suertudo. Estar bronceado te convierte, de pronto, en un insólito Carlitos Dogny o en un Frijol Diez Canseco, en un playboy de los de antes allá en el club Samoa. Porque para el pueblo ir a la playa es una aventura de los mil demonios.

De las chicas, ni qué decir... Echadas, horas de horas, buscan su bronceado perfecto, sin que se convierta en el color cobrizo que reclaman como símbolo nacional los Humala, un 'bronze' doradito, más bien, o capulí, porque a la blanquita le gustaría, oh paradoja, tener un color mestizo como si fuese un sabroso pisco acholado. Los cobrizos, más bien, se quedarían debajo de la carpa para no pasar al negro definitivo, porque las que más se broncean en la playa son las pecositas y no las seguidoras de los Humala para que no se conviertan en carboncitos.

Las playas, sin embargo, han adquirido un significado vigoroso y democrático gracias a las chicas y chicos del surf: Máncora, Cabo Blanco, Punta Hermosa, San Bartolo o Cerro Azul son sinónimo de encuentro y deporte, de juventud entre las olas y de una sana belleza donde todos los colores del arco iris se besan y vacilan, donde el bronceado es natural, como la brisa o la arena, donde no se delata una vida solo de discotecas, sino que es la playa de los pescadores, de los ambulantes, de los veraneantes y de la muchachada que se arroja al mar como si al sumergirse en la arena lo hicieran también en las entrañas de los Andes.

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