De esa manera, la lucha contra la pobreza sería simultáneamente una lucha cultural, por evolucionar los estilos de autoridad y trabajo
Por Jaime de Althaus Guarderas
¿Es tan difícil concertar o consultar en el Perú? Si hay un tema en el que todos quisieran colaborar y en el que la opinión pública está dispuesta a avalar las medidas más radicales, es el de la reforma profunda de la educación pública. Por lo tanto, la misión del ministro allí debería ser la de aprovechar esa energía social, convocarla y canalizarla hacia el logro de los cambios, en lugar de dictar medidas poco meditadas que solo sirven para desgastar su liderazgo. Felizmente el tema se ha resuelto y es posible ahora retomar el gran esfuerzo reformador. Para ello, el ministro tiene a la mano el Consejo Nacional de Educación, integrado por las personas que más saben de educación en el Perú y que han elaborado el Plan Educativo Nacional. Pero no las convoca ni les consulta ni menos aun les asigna tareas.
También se hace pedagogía con el estilo de liderazgo. El ministro no puede repetir desde el ministerio el mismo patrón de conducción vertical e impositiva que se critica a los maestros en el aula.
Dicho estilo, de otro lado, contrasta con el que pretende aplicarse en la lucha contra la pobreza, donde, en cambio, sí se necesitaría una conducción más "personalista" en el campo, sea de parte del presidente o de la ministra de la Mujer y el Desarrollo Social, pues los campesinos entenderán mejor y se sumarán al cambio si el programa se encarna en una persona carismática que lo lidera. El mundo andino necesita aún de lo que Max Weber llamaba "liderazgo carismático". En lugar de ello, en este caso el Gobierno quiere optar por la institucionalidad --por la autoridad "burocrática" en términos de Weber, aquella en la que predominan las normas impersonales y una racionalidad en la selección de los medios y los fines-- para llevar adelante esa lucha. Está ensayando un esquema que les da a los alcaldes distritales la coordinación y supervisión de las acciones articuladas de los sectores.
Sin duda, la idea es buena y ambiciosa. Pero para que funcione se requiere precisamente de un cambio cultural en el estilo de trabajo de los alcaldes y de los propios funcionarios públicos, tributarios de un patrón tradicional y patrimonial de liderazgo, acostumbrados a atrincherarse en su pequeño feudo burocrático como si fuera propio y los demás fuesen enemigos. De esa manera, la lucha contra la pobreza sería simultáneamente una lucha cultural, por evolucionar los estilos de autoridad y trabajo. Pero, entonces, con mayor razón aún se requiere de una conducción personal e infatigable del presidente o de la ministra en el campo. Necesitamos transitoriamente de un liderazgo carismático para transformar el liderazgo tradicional o feudal en uno racional, moderno, institucionalizado y democrático.
Pues el estilo vertical y autoritario del maestro en el aula se repite en la mayor parte de los actores: la cultura del diálogo racional es incipiente, a todo nivel. Por eso, las demandas sociales degeneran rápidamente en violencia. Porque tampoco el propio sistema de representación parlamentaria es lo suficientemente personalizado. Se necesita un mecanismo uninominal para que los campesinos de Ayacucho, por ejemplo, sepan quién es su representante y se comuniquen con él para empezar a creer en la democracia, en lugar de bloquear carreteras.