OPINIÓN
Por Fernando Savater. Filósofo
Fernando Savater es autor de "Ética para Amador" y "Misterios Gozosos".
© Diario "El País", SL/ Fernando Savater. Prisacom.
Exclusivo para el diario El Comercio en el Perú.
Por mucho que se enfaden los profesores bienintencionados, los críticos intransigentes, los poetas malditos y Harold Bloom, el público lector cuenta y no poco a la hora de establecer la eficacia de un texto literario. No es el único baremo de calidad, porque el público lector comparte el generoso entusiasmo de los amantes por las adulteraciones, pero sin duda aporta el indicio seguro de alguna cualidad positiva. De modo que se equivocan los que abominan de las novelas de Harry Potter por su gran éxito, atribuyéndolo a una mera operación mercantil. Por el contrario, como en otros casos, la operación mercantil es consecuencia del éxito, no su causa.
Las primeras novelas de Harry Potter no les gustaron a los editores, ni mucho menos a los críticos pero se ganaron a los niños. Su nombradía actual, ya abrumadora, proviene en primer lugar de esos lectores nada fáciles de sobornar. Después de todo, ¿no es el caso de J. K. Rowling lo más parecido a la historia de Cenicienta en el campo editorial? Y si al final, contra toda conspiración de madrastras y hermanastras, la huerfanita a la que daban de lado ha acabado casándose con el deseado príncipe... ¿basta ese desenlace triunfal para negarle con altivez nuestra simpatía a la pobre afortunada?
Cuando la saga de Harry Potter comenzó a tener seguidores, Rowling anunció que constaría de siete novelas. Y aquí está la última entrega. Todo parece indicar que la autora está dispuesta a cumplir su promesa. Un lector que leyese la primera aventura de Potter a los 12 años y haya permanecido fiel a todas sus peripecias ahora tendrá ya más de 20. Las novelas han ido evolucionando también, se han hecho más complejas y maduras, pero el proceso ya no da mucho más de sí. Al principio el tono era más juguetón, voluntariamente humorístico hasta la caricatura y se atenía a la fórmula de colegiales traviesos y emprendedores que acuñó excelentemente Enid Blyton. También tomaba prestados algunos trucos de la novela policiaca clásica y por supuesto un fondo mágico general deudor --como ha llegado a ser casi obligatorio en nuestros días-- de la gran epopeya de Tolkien. En alguna entrevista, Rowling proclama que no logró acabar ni siquiera el segundo tomo de "El señor de los anillos", pero es indudable que lo que alcanzó a leer de la obra le ha sido extraordinariamente fructífero. Albus Dumbledore es un Gandalf menos épico que doméstico, Severus Snape guarda parentesco con Saruman, el oscuro señorío de Valdemort es un malditismo de lo más Sauron, los mortífagos y dementores descienden por vía directa de los Nazgules y los dragones, gigantes bondadosos, centauros, arañas gigantes en bosques encantados, elfos, etcétera parecen tener su cuna en la Tierra del Medio. Sin embargo, pese a todas estas influencias y otras que sería ocioso detallar, la narrativa de Rowling tiene personalidad y sobre todo gracia propias: sus personajes son frescos y convincentes, sus enredos argumentales prenden la atención y logra a veces escenas de fuerza casi surreal que recordamos después de haber cerrado el libro.
Pero creo que hace bien en echar el cierre al largo y entretenido cuento, antes de que se vuelva fastidioso. El dramatismo tenebroso de las tres últimas entregas --cada vez más lejano a Enid Blyton y más reconociblemente tolkeniano-- se hace difícil de prolongar sin desvirtuar por completo la espontaneidad simpática de los personajes principales. Sería equivalente a convertir a Tintín y Haddock en protagonistas de un cómic estilo Sin City... Y no es porque esta última entrega carezca de méritos propios. Aún logra momentos impresionantes, como la expedición a los sótanos del banco de Gringotts, y el asedio de Hogwarts --pese a que su tono épico general es algo confuso y light-- no deja de estar contado con eficacia. Más difícil todavía: el drama moralizante que subyace el enfrentamiento final tiene honestidad y cierta riqueza ambigua. Su defensa del mestizaje contra los fanáticos de la sangre 'limpia', su vinculación inextricable entre lo peor de la ambición y la energía de la inocencia, incluso su aceptación definitiva de la mortalidad irreversible (cuando tan fácil parecía ceder a la tentación 'espiritualista') despiertan simpatía entre los lectores maleados que no renunciamos del todo a una cierta dimensión educativa en la pureza narrativa.
Al final de los finales, los magos crecen, salen de la adolescencia y se convierten en padres y madres de familia, como era de esperar y quizá de temer. Pero seamos sinceros: ¿cabía esperar otra cosa? La edad de los hechizos concluye en la paternidad responsable y el último conjuro, el más difícil y necesario de todos, el irreversible, es el que lanzamos para proteger y bendecir a los hijos que van a seguir viviendo la aventura eterna en nuestro lugar.