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DEL EDITOR

Las lecciones de una elección

Por Virginia Rosas

La catastrófica derrota electoral de Pervez Mu-sharraf en las elecciones legislativas del 18 de febrero en Pakistán permite extraer varias conclusiones. En primer lugar, se confirma la enorme impopularidad del presidente que llegó al poder por un golpe militar en 1999, con la promesa de pacificar el país.

El general Musharraf --aliado de Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo en esta región conflictiva del planeta en que termina el Medio Oriente y comienza el subcontinente indio-- no logró ninguna pacificación. Todo lo contrario, Pakistán se convirtió en uno de los países más peligrosos. Más de 800 personas perdieron la vida en atentados perpetrados por grupos islamistas.

Tras ocho años de régimen militar, el país será dirigido por un gobierno de coalición en el que quedarán excluidos todos los aliados de Musharraf, quien deberá enfrentar, además, un parlamento hostil.

Pakistán no es un país con un ejército, sino un ejército con un país, dicen los analistas a modo de broma para describir el poder que tienen hasta ahora las Fuerzas Armadas .

La segunda conclusión de los resultados electorales es que los pakistaníes están hartos de los militares golpistas y corruptos que se han sucedido en la presidencia desde la independencia en 1947 y a quienes Musharraf les había dado plenos poderes a costa de mancillar constantemente la Constitución.

Tercera conclusión, las elecciones han servido de plebiscito para expresarles el repudio a los islamistas que habían obtenido 45 escaños en el 2002, gracias al apoyo de las autoridades y a la marginación de los partidos políticos tradicionales.

Los talibanes, que ensangrentaron el país con sus atentados terroristas, fueron derrotados y prácticamente aniquilados por los electores hasta en las regiones fronterizas con Afganistán, su feudo tradicional.

Si bien el rechazo a Musharraf y a los mulás ha sido unánime, ningún partido recibió la mayoría suficiente para gobernar a sus anchas. El vencedor PPP, liderado ahora por el viudo de la asesinada Benazir Bhutto, Asif Zardari, tendrá que concertar para formar una coalición con la Liga PML-N, de Nawaz Sharif.

Nada es fácil. El camino a la coalición está plagado de rencores: Musharraf expulsó a Sharif del país tras un golpe de Estado, pero Zardari pasó duros días de prisión gracias a Sharif, que lo acusó de corrupción y hasta de asesinato. Musharraf, por su parte, tampoco lo liberó, sino que aumentó los cargos en su contra.

A Musharraf, que no quiere dejar la presidencia pese al resultado de las urnas, lo que le conviene es que ninguno de los dos líderes se entienda porque eso significaría su muerte política. Hará todo lo posible para enfrentarlos.

Pero Zardari y Sharif solo pueden existir si se mantienen unidos, lejos del presidente.

El jueves último, ambos líderes anunciaron que formarán un gobierno de coalición que deja de lado a Musharraf.

Ahora le toca al nuevo gobierno demostrar que los prejuicios que pesan sobre el país son solo eso, prejuicios. Porque, con su voto, los electores claman por convertirse en una nación moderada y liberal.

La tarea no es fácil. Habrá que empezar por combatir la corrupción generalizada, reducir la pobreza y evitar los enfrentamientos sociales.

Pervez Musharraf ha recalcado que no tiene intenciones de retirarse. Las FF.AA., súbitamente excluidas del poder, seguirán siendo la principal fuente de inestabilidad en el nuevo paisaje pakistaní.

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