Por Héctor López Martínez. Historiador
Hace un par de semanas, según informó El Comercio, el Tribunal Supremo de Nebraska declaró que la pena de muerte por electrocución quedaba definitivamente abolida, por ser inconstitucional. Desaparece así ese fatídico artefacto, la silla eléctrica, que según el mencionado Tribunal "infligía un dolor intenso y un sufrimiento agonizante". Como se sabe, la pena de muerte en Estados Unidos existe en 36 de los 50 estados y Nebraska era el único que mantenía la silla eléctrica para llevarla a cabo.
La primera ejecución en la silla eléctrica tuvo lugar en la prisión de Auburn, Nueva York, el 6 de agosto de 1890. El sentenciado, William Kemmeler, dio muerte a su novia Tullie Zeigler con feroces golpes de hacha. Kemmeler, según testimonios de la época, el día de su ejecución estaba elegantemente vestido y lucía una gran serenidad. La experiencia fue dramática. Durante diecisiete segundos Kemmeler fue atravesado por cien voltios. Los médicos se agolparon alrededor del cuerpo, creyendo que estaba muerto, pero Kemmeler dio un profundo respiro y todos salieron despavoridos de la habitación. Instantes después reaccionaron y repitieron la operación que, esta vez, sí dio resultado positivo.
Pese a estas fallas, quince estados adoptaron la silla eléctrica como método oficial de ejecución. Nunca existió unanimidad respecto a la descarga eléctrica idónea para producir una muerte instantánea. El doctor Amos Squire, de la prisión de Sing Sing, quien estuvo presente en 138 ejecuciones, llegó a tener una fórmula: "2.000 voltios durante diez segundos, reducidos a 250 voltios durante unos 40 o 50 segundos y un nuevo aumento de voltaje durante los últimos cinco segundos".
Llama poderosamente la atención cómo un artefacto que evidentemente producía una muerte cruel pudo perdurar, pese a grandes campañas en su contra, hasta nuestros días. Hay descripciones espeluznantes sobre algunas ejecuciones. El periodista Don Reid se ocupa de un caso que tuvo lugar en Texas. "La piel se vuelve púrpura --refiere a sus lectores-- y de los círculos rasurados en la cabeza y la pierna brotan humo y vapor mientras un acre olor a carne quemada invade el minúsculo recinto". La última silla eléctrica que continuaba usándose en Nebraska es de madera sólida y está dotada de fuertes correas de cuero. Sus patas se asientan sobre una gruesa alfombra de jebe. Previamente a la ejecución se rasuraba la cabeza del condenado y se le ajustaba un "gorro mortuorio", como una especie de escafandra, que reposaba sobre una esponja mojada en agua con sal para potenciar la conducción eléctrica. El electrodo restante era insertado en la pantorrilla izquierda, también rasurada, de la víctima.
Hay decenas de historias que causan espanto en torno a las ejecuciones en la silla eléctrica. El asesino William G. Taylor fue ajusticiada en Nueva York el 27 de agosto de 1893. La primera sacudida eléctrica, después de recorrer sus piernas, partió la parte frontal de la silla. Se accionó nuevamente el generador, pero no funcionó, pues se había fundido. Tuvieron que desatar a Taylor, en estado de coma pero todavía vivo, lo pusieron en una camilla mientras los electricistas trabajaban frenéticamente para reparar el desperfecto. Taylor murió minutos después y algunos personajes excesivamente legalistas argumentaron que la sentencia no se había cumplido. Así, pues, instalaron al muerto en la silla y le aplicaron una descarga de treinta segundos. En medio de tanta atrocidad hubo alguna pincelada de humor negro. Mientras ataban a la silla a George Apple, un gángster de Chicago, este le dijo a los periodistas: "Bueno, amigos, están a punto de ver una manzana (apple) al horno".