Por Antonio Orjeda
De toda historia se aprende. El presente es un caso de auspicioso inicio: María Quispe tenía 8 años cuando su madre abrió su salón de belleza en casa. Papá había participado en justas internacionales en el arte de cortar el cabello. Ella y él notaron el talento de su María, lo estimularon.
Hoy ambos viven en el país de Bush, ya jubilados. Tal como se lo enseñaron, María se hizo una trabajadora independiente. K'bello, así bautizó su salón de belleza que este año cumple 25 años. Ella hubiera querido haber logrado más. El tiempo dirá si ella decidió dar (más) pelea.
En junio su salón de belleza cumple 25 años. ¿En qué momento supo que este sería su rubro?
Lo supe como jugando, porque como en la casa estaba el salón de belleza de mi mamá, este se convirtió en mi centro de operaciones. Además, desde que tengo uso de razón siempre he querido tener un negocio propio: una peluquería. Pero cuando terminé mis estudios (en IPAE), dejé el salón de belleza para dedicarme a tareas administrativas: en una agencia de viajes, en el mismo IPAE... Hasta que me decidí a abrir mi negocio y me decidí por un salón de belleza porque era algo que yo conocía.
Claro, porque usted ha crecido en un salón de belleza.
Lo abrieron cuando yo tenía 8 años. A los 10 ya hacía los tintes a las trabajadoras del salón, también la ondulación... y como era pequeña --y a mí me gustaba jugar bien-- les hacía todo bien bonito. Me acuerdo que todavía estaba en primaria y que a veces dejaba a mis clientas en la secadora, antes de irme al colegio (ríe)... Ellas me iban a buscar a las siete de la mañana. Según ellas, nadie les ponía los ruleros como yo. Era la época de los bucles, ¡las mujeres no salían a la calle si no tenían un bucle en la cabeza!
Su mamá comenzó a darle propinas por cada trabajo. Usted abrió una cuenta en el banco y ahí las guardaba.
Sí. Aprendí como quien no quiere la cosa, y a los 15 años yo solita podía hacerme cargo de todo el salón. Ya no teníamos empleadas. Éramos solo mi mamá y yo.
¿Tiene hermanos?
Dos varones, mayores; y una mujer, la menor.
¿Como usted, ellos también estaban metidos en el negocio?
No. En la niñez, solo estuve yo.
Un error que suelen cometer los padres es evitar que sus hijos metan la mano en cosas de 'grandes'. En su caso eso no ocurrió. Desde chica ha experimentado con el pelo de la gente.
Al principio experimenté con el de las trabajadoras. ¡Pero porque ellas mismas me lo pedían! (ríe)... "Marita, ven, hazme esto. Hazlo así, así y así...". Y como vieron que podía, comencé. Yo nunca hice travesuras en las cabezas de las clientas. No. Y fue entonces que mi papá, al ver que yo ayudaba a mi mamá, me comenzó a enseñar a cortar el pelo a los caballeros.
El suyo es un caso curioso: su padre tenía una peluquería, y su mamá, un salón de belleza.
Mi mamá atendía solo a damas, y mi papá, solo a caballeros. Mi papá trabajaba en San Isidro, para la peluquería Todos. Después, con un grupo de colegas abrió la peluquería Las Begonias. Él era parte de una asociación de peluqueros que participaba en campeonatos internacionales, así que paraba viajando a Argentina y a Francia, y todo lo que él allá aprendía me lo transmitía.
La pregunta obvia, entonces, es: ¿si sus padres tenían sus respectivos negocios en un rubro que a usted le gustaba, por qué abrió uno propio y no siguió con ellos?
Trabajé con mi mamá hasta los 20 años; y como era bien pegada a mi papá, todas mis vacaciones lo acompañé a su trabajo. ¡Pero no iba a vivir toda la vida bajo la tutela de mis padres! Aunque había gente que me buscaba (en el salón de belleza de su madre), y como me pedían por favor, yo me tenía que hacer de un tiempo para poderles cumplir.
Pudo haberse quedado trabajando con ella.
Pero tú te tienes que desarrollar, pues. Yo tenía que salir y abrir algo por mi cuenta, ¡tenía que avanzar! Quería tener un lugar donde poner en práctica mis conocimientos. Ese era mi siguiente paso, ¡por eso vine acá!
Hice mi pequeño estudio de mercado, busqué por toda Lima y encontré este lugar (la urbanización Mercurio, en Los Olivos), que entonces era una zona virgen: aquí no había salones de belleza, aquí yo me podía desarrollar con tranquilidad.
Fue entonces que entró a tallar la suerte: por ayudar a alguien usted se metió en una junta y salió sorteada en primer lugar.
Tenía ese dinero y lo tenía que invertir.
Estaba de novia de su hoy esposo.
Y con él puse el negocio.
Había terminado sus estudios en IPAE y tenía un par de ofertas de trabajo, ¿por qué no las aceptó?
Porque mi papá me habló. "Vas a tener un horario rígido y no vas a poder avanzar porque eso limita. Con un negocio propio es diferente: tú puedes hacer todo lo que quieres". Yo entonces tenía muchos proyectos, y la verdad es que se quedaron ahí...
¿Por qué?
Mi primer obstáculo, cuando puse este salón, fue que por más que busqué no encontré mano de obra calificada. Yo tenía que formarlos, y hubo un momento --cuando el local era mucho más chiquito-- en que llegué a tener 14 personas trabajando. Todas formadas por mí. Luego me casé y tuve a mi bebe tras un embarazo sumamente difícil. Me tuve que dedicar a mi hijita durante cuatro años y debí alejarme de aquí... Ahí empezó nuestro bajón, y para cuando retomé, ya todo había cambiado: la moda, las técnicas, eran otras. Yo ya no encajaba... Me tuve que actualizar, tuve que estudiar ¡desde lo básico! Y llegué a ganar campeonatos como mi papá. Viajé al extranjero. Estudié cosmiatría, y ahora también brindamos servicios de spa.
Usted y su esposo comenzaron durante el primer gobierno aprista: sobrevivieron a la hiperinflación. ¿Cómo?
¡Eso fue un caso! Nos quedamos sin clientes durante toda una semana. Las señoras venían y nos pagaban con lo que les quedaba después de haber hecho sus colas para comprar alimentos (entonces las bodegas estaban desabastecidas, cundía el mercado negro). ¡Nosotros también hacíamos cola con ellas! Nos salía más a cuenta estar haciendo cola que estar aquí. Allá por lo menos comprábamos lo que necesitábamos... ¿Qué hacemos?, decíamos, porque el salón estaba abierto, pero no había clientes; y no nos pasaba solo a nosotros, era un problema nacional. ¡Era un caos total! No sé qué hicimos para salir...
Haga memoria.
Mmmm... Como negocio, teníamos nuestros fondos; y vendíamos todo lo que podíamos: hasta las bolsitas que usábamos para hacer los rayitos. La gente las necesitaba para poder llevar el arroz. Acuérdate que entonces los camiones venían y te lo vendían a granel, y tú debías tener en qué llevarlo... Las bolsitas nos generaban un ingreso chiquitito, pero para algo servía (ríe)... Así pasamos esa época, y salimos adelante. No cerramos un solo día, así tuviéramos más que uno o dos clientes... Recuerdo que entonces las señoras ya no se peinaban, solo venían para que les cortáramos el cabello... Todo el mundo estaba sin dinero.
Están por cumplir 25 años, muchos de sus clientes deben traer ahora a sus hijos.
He atendido a novias que ahora traen a sus quinceañeras, y que les dicen a sus hijas: ella me peinó cuando me casé... (ríe)
¿Su hija, tal como usted, empezó aquí desde chiquita?
Para nada. Ella tiene 18 años. No le gusta ni peinarse ni peinar. Viene los fines de semana y nos apoya en la caja. Más nada.
¿La generación de peluqueros en la familia entonces terminará con usted?
Espero que no. Tengo sobrinas, y espero que alguna de ellas se anime.
Dígame, el nombre de su salón es bastante curioso: K'bello. ¿Cómo se le ocurrió?
Buscaba uno que fuera bonito y que se relacionara con el oficio, pero lo curioso es que nadie lo llama 'ca-bello', sino 'qué-belo' (ríe)... Hay gente que cree que viene del italiano... ¿Sabes quiénes lo pronuncian bien? Los niños que recién están aprendiendo a leer. Ellos corrigen a sus mamás.
LA FICHA
Nombre: María Quispe Jiménez.
Colegio: San Judas Tadeo, en Comas.
Estudios: Administradora de empresas de IPAE.
Edad: 48 años.
Cargo: "Soy cosmiatra, pero acá yo hago de todo porque todo me gusta hacer". Copropietaria de K'bello.