En el Perú constatamos una cruda verdad: el presente no tiene respeto por el pasado. No hay nexo entre los dos momentos históricos
Por Abelardo Sánchez León
Un museo es varias cosas a la vez: resguardo del pasado, autoestima de un pueblo, identidad de una comunidad, valoración del talento, del trabajo y de la creatividad. Las ciudades que se quieren siempre tienen excelentes museos y sus autoridades los cuidan e invierten en ellos. Los museos, además, pueden ser interactivos y no necesariamente se limitan a conservar intactas las piezas del pasado, sino que invitan a vivir la experiencia de la interacción y el juego. Los museos pueden ser, y de hecho lo son, estupendos anexos de las escuelas y un complemento creativo de la televisión. Un ejemplo es el Museo de Arte de Lima, un lugar vivo y lleno de jóvenes que van a aprender en sus talleres.
Los museos son rentables y en muchas ciudades las personas van con la finalidad de visitarlos. Las colas para ingresar al Louvre son cada vez más extensas y ya las autoridades de los museos nacionales de Francia han pensado en una nueva remodelación para el 2011. Todo el centro de Washington D.C. es un museo, resguardado y administrado por la fundación Smithsonian. Nadie ignora el Metropolitan de Nueva York, el Antropológico de la Ciudad de México, la Galería Tate de Londres o el Topkapi de Estambul. Los museos son imanes, tienen fuerza atronadora, convocan a niños, adultos y viejos. En los museos uno aprende, se entretiene, almuerza y compra reproducciones. Eso es lo que sucede en el Museo Gerardo Chávez, camino a Laredo, en Trujillo.
El tema de los museos, en Lima, se ha puesto en el tapete por la controversia que existe en torno al Museo de Arte Contemporáneo y el alcalde de Barranco. El lío es infernal, el lugar es un muladar, el descuido está por todas partes. Aquel generoso espacio público (deportivo y cultural) llamado Gálvez Chipoco tiene un desagradable aire al perro del hortelano, pues parece tierra de nadie y podría ser, en cambio, espectacular en su funcional belleza. Para el común de los mortales, todo ello no significa otra cosa que incompetencia y desapego hacia la comunidad, sobre todo si juzgamos los valores artísticos del actual alcalde a partir de los insólitos trabajos que ha realizado en el bulevar Chabuca Granda, justo al costado de la sede municipal. Ese bulevar no era un museo, pero sí era un complejo gastronómico muy simpático al pie del Puente de los Suspiros. Hoy, en cambio, tiene unas fuentes inconclusas y unos angelitos de muy dudosa calidad.
En el Perú constatamos una cruda verdad: el presente no tiene respeto por el pasado. No hay nexo entre los dos momentos históricos. Y el pasado, que da de comer al turismo y en principio nos enorgullece, es un espejo hundido en la arena, sin capacidad de reflejarnos.