Tanto va el cántaro al agua que termina por romperse Alguien, en este caso le correspondió al Gobierno, debía poner coto a la violenta e intransigente postura de algunos dirigentes cusqueños radicales que, contra la opinión mayoritaria de pobladores, insisten en paralizar y convulsionar la región en protesta contra una ley que ya no es tal.
Esta es la primera conclusión, severa y lamentable, de lo que ha pasado, pero no la única.
Así como recusamos frontalmente el modo de protestar de los revoltosos, en otro ámbito y nivel debemos criticar las maneras en que se anunció la medida de dejar de lado al Cusco como subsede del APEC. La elección como portavoz del ministro de Defensa, Ántero Flores-Aráoz, fue desafortunada, tanto por su cargo como por el tono rudo, chabacano y generalizador de su discurso.
Las cosas no terminan aquí. Si antes de esta crucial decisión, la imagen del Cusco y del Perú como destino turístico y país civilizado había sido afectada, ¿se imagina lo que podrá pasar ahora cuando la noticia del APEC sin Cusco dé la vuelta al mundo? No hay que olvidar que los turistas buscan conocer otras culturas pero también solaz y seguridad.
Hay pues muchas heridas que restañar y mucho pan por rebanar para recuperar la estabilidad política y social, así como la posibilidad de consolidar la industria turística.
Y así como hay que poner en evidencia a los dirigentes antidemocráticos --que son pocos pero con una agenda muy activa e hiperpolitizada para oponerse a todo--, tenemos que subrayar la responsabilidad de la sociedad civil y las fuerzas democráticas del país para denunciarlos y ponerlos en evidencia. Todos somos conscientes de que subsisten graves problemas de pobreza, redistribución, empleo y desarrollo, pero la manera de resolverlos no es a patadas y pedradas, sino exigiendo a la autoridad que active los canales de diálogo y escuche lo que dice la entraña de los peruanos, aquí y allá.
En tal contexto, el Gobierno tiene que asumir su responsabilidad de revisar su estilo de hacer política, que a veces aparece como demasiado autosuficiente e impositivo, lo que resiente las formas democráticas.
Aparte de ello, debe monitorear mejor el clima político y adelantarse a las acciones obstruccionistas para prevenirlas o modularlas a través de un plan estratégico y de campañas cívico-políticas de información amplia y de acercamiento a la población --como se hizo con el TLC--, en lo que deben participar desde ministros hasta congresistas, alcaldes y presidentes de región, entre otros.
Todos los peruanos, sean cusqueños, arequipeños, loretanos o tumbesinos, debemos tomar conciencia de lo que nos jugamos hoy: la posibilidad de acceder al mundo desarrollado, en tiempo prudencial, con mayor empleo e inclusión para todos, para lo cual es necesario promover la inversión. Machu Picchu, que está en el logo de la cumbre del APEC, debe ser motivo de orgullo pero también de unión, y no convertirse en pretexto para el divisionismo y la turbamulta ciega y sorda.
Debemos aprender la lección y mirar las cosas con una nueva actitud, serena, ordenada, franca y abierta al otro. Si hay lugar para la reversión de la medida sobre el Cusco y el APEC, ello depende primariamente de que los propios cusqueños, el Gobierno y los líderes nacionales se sienten a dialogar sin condicionamientos, amenazas, piedras ni espadas de Damocles de ningún tipo.