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A un Cachito

El dardo

Por Renato Cisneros

Con el tobillo, con la cadera, con el omóplato, con el peroné. Así, con el hueso que esté a la mano, Sergio Ibarra ha construido su leyenda goleadora. Y lo ha hecho sin mayores rigores estéticos y sin desarrollar ninguna identificación institucional, pues ha militado en casi todos los clubes del país.

Lo suyo, desde el inicio, desde aquel 92, ha sido convertir goles como si se le fuera la vida en ello. Es por esa inexplicable facilidad, digamos anatómica, para llegar al gol que aún sobrevive en el Perú como un personaje jurásico. Su caso es raro, porque aunque las hinchadas lo quieren tanto como lo insultan y aunque las dirigencias lo malbaratean a inicios de cada temporada, al final todos reconocen la pureza de su olfato cazador. Ibarra es el típico 'lauchero' de las pichangas. Nunca marca, corre con desgano, trabaja la gambeta con una torpeza desconcertante, pero se reivindica aportando una altísima cuota de gol. Además, sabiendo que lo suyo no es precisamente talento, adopta poses de personaje para hacerse un poquito más querido por el público y mantenerse en la agenda de los equipos. Sus celebraciones, sus peinados, su religiosa patería con los periodistas, así lo confirman.

Pero no le quitemos mérito. Producto de su obsesiva costumbre goleadora, Ibarra lleva 193 anotaciones. Aún le faltan dos para igualar al hombre/récord en la difícil materia de castigar arqueros, 'Cachito' Ramírez, pero los tantos que ha hecho (sumados a los divertidos métodos que ha empleado para lograrlos) son suficientes razones para dedicarle un capítulo en algún futuro libro de curiosidades y rarezas del fútbol peruano.

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