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Qosqomanta

Rincón del autor. El fabuloso hotel Monasterio y el restaurante La Huaca no requirieron de ley para invertir. Flota en el ambiente si esta ley era verdaderamente fundamental

Por Mariella Balbi

En el Perú, el patrimonio excede a la memoria, somos herederos de numerosas culturas que permanecen entre nosotros desde siempre. Basta escarbar algo en la costa peruana para toparse con restos arqueológicos y el país parece ser una gran huaca. Nuestro pasado es milenario, prohijamos diversas expresiones culturales y hemos domesticado alimentos que han aliviado a la humanidad. En ese contexto, la Ley de Promoción del Desarrollo Sostenible de Servicios Turísticos en los Bienes Inmuebles Integrantes del Patrimonio Cultural de la Nación provocó un aluvión de críticas y protestas. El irracional paro cusqueño fue violento y antiturístico al cien por ciento.

La ley, planteada por un congresista de la oposición, tuvo el férreo respaldo de la bancada aprista, cosa que llama la atención de muchos. Y aunque deja en libertad a los gobiernos regionales el ponerla en práctica o no, Cusco saltó hasta el Salkantay. Tal vez porque es la ciudad donde la depredación --desde la conquista española-- ha sido fuerte y en ocasiones devastadora. Basta ver la afrenta a la conservación que es la avenida El Sol, desde donde se ve el Coricancha, un lamentable homenaje al cemento. Cuando Daniel Estrada fue alcalde acabó con el ataque al patrimonio; nada se podía demoler, todo se debía preservar. Valgan verdades, así se salvó el Cusco.

La norma tiene nombre propio, especifica el tipo de servicio turístico que puede realizarse: hoteles mínimo cuatro estrellas y restaurantes mínimo cuatro tenedores, y no es clara en cuanto al rol del INC en esto. Si bien explicita que se requiere la opinión favorable de esta entidad, el comité de evaluación para otorgar un inmueble en concesión incluye a otras autoridades y no especifica cuánto se debe ceder al inmueble histórico en cuestión. Mucho se habló de la miraflorina huaca Pucllana como modelo. Pero el monumento no vive de los ingresos que le da el buen restaurante ahí instalado. Que ayuda, es innegable, sin embargo, es la municipalidad la que lo sustenta.

El reciente artículo presidencial menciona a Chichén Itzá, al coliseo romano y a la Torre de Eiffel como ejemplos de inversión turística. En los dos primeros no hay ni hotel ni restaurante y la famosa torre, ciertamente, no vive de los dos restaurantes que alberga. Arqueólogos y conservacionistas sugieren que mucho más rentable para nuestra vasta riqueza patrimonial es descontar impuestos de las donaciones privadas; dicho también por la propia directora del INC. El fabuloso hotel Monasterio y el restaurante La Huaca no requirieron de ley para invertir.

Flota en el ambiente si esta ley era verdaderamente fundamental. El presidente y su partido son duchos en política, se les reconoce fuerza, buenos reflejos y maña (en el buen sentido). Al empeñarse en promulgar la cuestionada norma nada de ello funcionó. Por el contrario, pisaron el palito de una oposición radical, manipuladora y muy peligrosa por lo destructiva que es. Castigar al Cusco descartándolo como sede del APEC no logrará conjurarla, más bien atizará el resentimiento que el sur andino tiene contra los sucesivos gobiernos. Entretanto, el patrimonio sigue abandonado, no ganó nada.

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