Por Virginia Rosas
Para entender la magnitud que tomó la crisis entre Colombia y Ecuador por el ataque al campamento de las FARC, en el que se encontraba 'Raúl Reyes' y que estaba situado en territorio ecuatoriano, exactamente a 1.800 metros de la frontera colombiana, es necesario recapitular los hechos en el orden en que se dieron.
Pasada la medianoche del sábado, un grupo de militares colombianos que había recibido información de dónde se encontraba el segundo de las FARC, a quien se le había interceptado una conversación telefónica desde su celular satelital, se apresta a atacar el lugar. Cuando llegan los helicópteros, comprueban que el campamento se encuentra en territorio ecuatoriano.
Las Fuerzas Armadas colombianas estaban por primera vez en mucho tiempo ante un 'pez gordo'. Se les ha reprochado a menudo su incapacidad para desarticular a la cúpula de las FARC. Tanto así que la broma que circula por Bogotá es que los dirigentes del grupo sedicioso corren más riesgo de morir de viejos que por las balas.
Deciden entonces que esta vez no perderán a su presa y bombardean desde suelo colombiano el campamento. Bajan de sus helicópteros para reconocer los cadáveres. Se llevan el de 'Raúl Reyes' y su segundo y dejan a los demás.
En el suelo yacen heridas tres jóvenes de las FARC. Deciden no llevárselas, les dan atención médica hasta estabilizarlas y dejan acordonado el lugar por un grupo de policías hasta que llegue el ejército ecuatoriano.
Primer error: Recién a las 8:00 de la mañana el presidente Álvaro Uribe llama a su homólogo ecuatoriano para ponerlo al tanto de la situación. Le dicen a medias lo que ha sucedido, pues le informan que el ataque se dio en el fragor de una batalla y que en la persecución han pasado la frontera. Correa no objeta los hechos, le dan la ubicación del lugar y se despiden.
Segundo error: Contentos con la hazaña, los colombianos ofrecen una conferencia de prensa para anunciar la muerte de 'Reyes' y afirman que todo se hizo en coordinación con Correa. Mienten al decir que se le pidió la autorización antes de atacar.
Entretanto, el entrometido de la región, Hugo Chávez, ya se enteró de la operación y sale a vociferar. Dice que ha sido un bombardeo y no un enfrentamiento y que los colombianos han mancillado la soberanía territorial ecuatoriana. Sin tener vela en el entierro anuncia que movilizará sus tropas a la frontera colombiana.
Tercer error: Correa --que hasta el momento se había mantenido cauto-- ante la posibilidad de perder la cara entre sus compatriotas alza el tono para protestar por el ataque y la violación de la soberanía ecuatoriana y termina haciéndole el juego a Chávez.
Cuarto error: El torpe canciller colombiano Fernando Araújo (un ex rehén de las FARC que se escapó del secuestro tras siete años de cautiverio) dice que no ha pasado nada y no ofrece disculpas al país vecino.
Quinto error: Colombia ofrece unas excusas desganadas y se enfrasca en una serie de acusaciones contra Correa, basadas --según afirma el jefe de la policía, general ÓscarNaranjo-- en pruebas encontradas en la laptop de 'Reyes'. La premura del tiempo hace que se difundan fotos y textos que no han sido analizados a cabalidad. Además, no es a un funcionario de tercer nivel a quien le compete acusar públicamente a un jefe de Estado. Más allá de que las pruebas sean ciertas o no --cosa que tendría que demostrar una investigación especializada en las instancias correspondientes-- las acusaciones parecen más una maniobra para distraer a la opinión pública.
Sexto error: El tono monta entre ambos países. Correa decide abruptamente romper relaciones con Colombia. Venezuela cierra su frontera y Chávez, feliz de su protagonismo, continúa vociferando. Correa acierta iniciando una gira de explicaciones por el Perú y Brasil, pero se equivoca al visitar Venezuela y Nicaragua para hacerles el juego a Chávez y Ortega.
No bastan los GPS para encontrar los campamentos de las FARC ni la eficacia de las armas para combatirlos. Hacen falta respuestas diplomáticas adecuadas para evitar que crisis de este tipo incendien la pradera. Esta vez la cumbre del Grupo de Río logró aplacar el fuego, aunque hubiera sido mejor no encenderlo.