Por Jaime Cordero
Cabe preguntarse cuál es el verdadero Juvenal Silva: el gamonal que maneja Cienciano a sus anchas sin dejarle espacio siquiera a su vicepresidente (¿alguien sabe quién es?), o el dirigente federativo aparentemente conciliador, un Augusto Ferrando de la dirigencia futbolera que siempre, como por arte de magia, dice lo que a la gente le gustaría escuchar. 'Juveco' no domina el arte para 'pasar piola' de su amigo Manuel Burga y renuncia al estilo confrontacional del general Velásquez. Lo suyo es el doble juego y así le va mejor, porque las encuestas siempre lo ungen como el directivo menos resistido por los hinchas. Los que no lo resisten son los técnicos y, menos, los proyectos. Político después de todo, Juvenal sabe que los planes de gobierno son papeles que se presentan en las campañas y el largo plazo es la utopía de los tontos. Los políticos viven el ahora y, ante la ausencia de buenos resultados, la única alternativa de sobrevivencia es captar los clamores de la hinchada. Silva hablará de sanciones y mano dura cuando así lo pida la calle, impondrá cláusulas que podrían salvarle el pellejo en los contratos y planteará amnistías cuando lo perciba pertinente. Nada más podemos esperar de él. Sus planes más elevados para el desarrollo del fútbol peruano consisten en jugar las Eliminatorias en el Cusco. Nada de inferiores, nada de planes, nada de nada. Solo frases y acciones para la tribuna, buena colocación y dos títulos internacionales que le sirven de parapeto. Aunque a estas alturas parece claro que él fue el que menos hizo para ganarlos.