Por Renato Cisneros
A Enrique Bologna no se le encogieron las boloñas. En Trujillo, el arquero argentino de Alianza se sobrepuso a la humillación que significó haber recibido un gol olímpico y, con la templanza de un torero recorrido, anotó dos penales y los festejó al pie de la tribuna, dándole puñetes llenos de aire a un gigante imaginario. Con eso Bologna ayudó a que su equipo le ganara el partido a Vallejo y --sin querer-- estropeó la columna que yo tenía preparada. Porque, claro, hasta el minuto 63 (minuto del primer penal que convirtió), esta tripa periodística estaba dedicada a Luis 'Pompo' Cordero y al golazo olímpico con el que acaso pretendió celebrar los 10 años que lleva jugando en Primera.
En la primera versión de la columna me solacé hablando de los inicios del volante moreno, de su aparición en la 'U' en 1998, y de cómo --muy a pesar de su trote manganzón-- prometía ser un creativo distinto. También escribí algunas palabras en las que lamentaba que el 'Pompo' hubiese arruinado su carrera, al sucumbir a las más variadas tentaciones de la vida disipada, y resignarse a ser lo que es: un discreto jugador de tercera categoría.
De alguna manera el genial derechazo combado de ayer devolvía brillo a su imagen hecha añicos y maquillaba su pasado. Sin embargo, nuevamente el destino prefirió ignorarlo. Y entonces apareció Bologna, anotó dos penales, le robó al 'Pompo' el cartel de figura, le dio la victoria al Alianza y se metió así --de sopetón y contrabando-- en esta columna que no era para él.