Por: Juan Paredes Castro |
"Mal con ellos, peor sin ellos". Si esta parece ser una regla capaz de ajustarse a la vida y milagros de los políticos y los partidos, estamos sencillamente ante aquello que las democracias no pueden obviar y que, por el contrario, tienen que hacer imprescindible.
Lo que pasa es que el crecimiento de la demanda de democracia en la región latinoamericana, por ejemplo, no va de la mano con el déficit de su eficacia, a causa, precisamente, de que dos de sus fundamentales elementos, los partidos y los políticos, tardan cada vez más en recuperar performance y credibilidad.
Sin embargo, la constatación de esta realidad no descarta la posibilidad de que las democracias, al igual que los partidos y los políticos, puedan servir mejor a la sociedad, siempre desde el reino de la imperfección.
Al margen de los temas excepcionales y trillados que hayan estado en el centro de la mesa de conversación del reciente encuentro entre las cúpulas del Apra y del PPC, más de uno de sus visibles líderes, entre ellos Luis Bedoya Reyes, Alan García, Jorge del Castillo y la propia anfitriona Lourdes Flores, tiene que haberse preocupado, esa misma noche, sobre el tiempo y espacio perdidos y no dedicados, como debería ser, a la construcción de un sistema de partidos, capaz de darle contenido vivo y maduro a lo que hoy funciona caudillista y precariamente.
El ex presidente Valentín Paniagua solía hablar de la necesidad de una mesa de partidos políticos. La concebía como el ámbito ideal para concertar puntos mínimos. Y para privilegiar, por supuesto, las diferencias.
Estaríamos ante una reverenda pérdida de espacio y tiempo si cualquier eventual reunión interpartidaria solo tuviera una mirada fija y obsesiva al 2011 electoral. Haría falta preguntarse con qué calidad (más que cantidad) de partidos vamos a llegar, efectivamente, a esa meta, y si ciertamente somos capaces de dejar atrás los caudillismos antisistema, que en buena cuenta están más cerca de la autocracia y la dictadura que de la democracia y la tolerancia.
La gran ironía de las democracias es que ellas son y terminan siendo el producto de lo que los partidos políticos y sus miembros quieren que sean.
Solo sabemos que si en el Perú los líderes políticos no se proponen desde ahora siquiera a esbozar el sistema de partidos del futuro, poco o nada habremos aprendido de aquí al 2011.
La vitrina política del Congreso de hoy no ofrece las mejores recetas de cambio y mejoramiento. Pero algo tiene que hacer que los parlamentarios hoy pagados de su suerte sientan la necesidad de moverse de manera diferente en sus asientos y, claro está, de atreverse a pensar en lo que no han pensado hasta hoy.