Por Miguel Ángel Cárdenas
Un huracán le puso su nombre. Era un huracán de más de diez minutos de aplausos, gritos, asombros y vivas encarecidas a sus pies descalzos. Era 1985 y Adela Ahón Holguín concursaba en el clásico torneo de marinera de Trujillo. Y para rematar su participación, en una categoría tremendamente disputada, de pronto, se zafó de lo común: retrocedió --en una seguidilla-- sus pies en puntitas por unos vertiginosos metros, para dar forma a un inusitado paso que tenía el clasicismo del ballet y la sensualidad de sus entrañas. "Las adelitas, las adelitas", bautizaron después los entendidos --es decir, el público-- a ese retroceso de fina coquetería, que hoy repiten todos los campeones y estilizan --como en danza moderna-- los más jóvenes e innovadores, a quienes Adela respeta, pese a que se considera una conservadora de la tradición.
¿Recuerda ese día de "las adelitas"?
Ja, ja, ja, creé ese paso cuando danzaba "Así baila mi trujillana", que es una marinera muy bonita, que tiene ocho figuras, cuatro rápidas y cuatro lentas, que son los calderones. A la gente le encantó, el coliseo se paró, fue una noche maravillosa. Ellos querían que lo repitiera y yo dije que se hacía una sola vez, ja, ja, ja. Ahora las parejas lo repiten y quizá lo han perfeccionado.
¿De qué parte de Trujillo es usted?
Mis padres pertenecen al distrito de Santiago de Cao, que ahora es la provincia de Ascope. Mi abuela materna era una mayordoma de la Virgen del Rosario, que es la patrona de Santiago de Cao. Y hacía todos los años su fiesta que duraba 15 días. Durante estos eventos contrataban unas bandas de músicos, para bailar marinera, valses
¿Cómo era esa marinera?
Bien de casa, bien familiar. La aprendí de las hermanas de mi mamá y de mi mamá. Mi papá no bailaba, pero me inculcó el deporte. He jugado mucho vóley.
Seguro era la armadora
Sí, mido un metro 50, siempre trataba de sobresalir con mis saltos, incluso cuando bailo marinera tengo un estilo especial que parece que mi porte crece y todos me lo dicen. Mi pareja Víctor Calderón tenía un metro 75, mis parejas siempre han sido altas. La marinera nos permite usar el cuerpo con todos los sentidos. Tengo 58 años y es tu interior es el que te da el sabor, la alegría.
Parece que la marinera estuviera en su piel, en su voz, en su perfume...
¡Sí! Mis padres me hicieron al son de una marinera. Ese sabor se siente cuando uno enseña. Lo más maravilloso es bailar, te conserva lleno de energía, gracia, con virtudes, para poder entenderte y entender al resto. En mis clases, le enseño a una pareja: el señor de 64 años tiene una energía que los jovencitos quisieran. Ella, de 60, tiene 7 hijos y la marinera le da alegría.
Se debe acordar de sus abuelos, que le inculcaron esa alegría.
Así era antes, se transmitía desde los abuelos. Mis abuelos maternos bailaban muy bonito, para ellos era una música muy solemne, sacaban sus pañuelitos blancos, mi abuela se sacaba los zapatos. Mi hermana mayor ahora celebra las fiestas que hacían mis abuelos y contrata la banda. La Virgen del Rosario es del mes de octubre y tenemos que bailarle en cada esquina que para; reza el padre y enseguida viene la marinera.
¿Es la virgen de la marinera?
Sí, hace que no nos falte el trabajo.
¿Y cómo fue aprendiendo?
Al comienzo era muy imitadora, imitaba el porte de mi madre, cómo ponía la cabeza, su mano, el zapateado. Conforme lo veía lo sacaba. Mi hermana Mily puso la primera academia de marinera en Trujillo, en 1962. Desde las cinco de la tarde hasta las diez de la noche, yo fui una de sus alumnas. Mi madre siempre llegaba, veía los pasos y corregía, por ejemplo, los laterales. Todo norteño te dice que si no haces buenos los laterales no sabes bailar. El lateral es un secreto para bailar marinera: es poner tu pie como una T, con el primer pie te desplazas completamente, haces las vueltas o puedes hacer un quiebre con el mismo lateral. Esto es la base y tiene que ser bueno.
Usted ya debe tener alumnos de alumnos, siendo la base de todos.
Tengo alumnos que han campeonado en Trujillo, como Víctor Calderón, Renato Benavides, sus alumnos. Yo ya tengo mis nietos y tataranietos de la marinera.
Si empezó a los 12 años, ¿a qué edad empezó a competir?
A los 14, en el año 63 mi hermana me manda al concurso nacional del club Libertad y la primera vez ocupé el segundo lugar. Pero me eligieron pareja ideal con el campeón, el señor Seminario, que tenía un metro 80, ja, ja, ja, hacíamos coqueteos muy bonitos. En ese entonces se bailaba con zapatos. Me conseguí zapatos altos.
Pero el pueblo bailaba sin zapatos.
Es que así decían las bases. Se pensaba que tenía que ser de salón como la limeña. Era con banda, tocaban marineras norteñas, pero con zapatos. Las bases cambiaron a partir del 70. El pueblo lo hacía por comodidad, sin zapatos se lucían más los pies y se bailaba mejor. Se puede levantar un poquito más la falda, para que se le vean más las piernas, el tobillo, todo ese encanto...
Y Trujillo se rindió 'a sus pies'...
Nuevamente en el concurso del año 64 quedo subcampeona, era en la categoría adulta, la única que había. En el 65, la tercera fue la vencida, y campeono con el número 7, que me parece divino. En el 66 vinimos a Lima, a un concurso de danzas que organizaba el diario El Comercio y gané en danzas de la costa norte. Me perfeccionó mi madre Carmela Holguín, ella cantaba y tocaba el acordeón, y mi hermana Mily, que es ahora directora de la Escuela Nacional de Folclor José María Arguedas.
Y luego usted sería la primera campeona de campeones.
Sí, en el año 90, el Banco de Crédito organiza un concurso novedoso que es el Campeón de Campeones, donde podían participar todas las parejas que habían ganado en la categoría Adultos y Juveniles. Me presenté y campeoné con Víctor Calderón. Y después en el 2002 con mi gran alumno y maestro Filiberto Salvatierra.
Este año, 2008, fue el suceso del festival al campeonar en la categoría Máster
La categoría Máster es para mayores de 50. Mi pareja Luis Enrique Velásquez tiene 52 años y fue campeón senior en el 92; y durante dos años me persiguió para concursar. Él zapatea muy bien, tiene muy buen porte, y lo hicimos con el corazón en la mano, mejor dicho, con el corazón en el pañuelo.
¿Fue esta última la mayor emoción que ha vivido?
Sí, porque todo el coliseo voceaba mi nombre y después mi número, el 23, para que el jurado no se equivocara. El pueblo me dio el premio. Y lloré mucho cuando me lo dieron. Los oponentes me dijeron: "Usted se lo merece", pese a que habían sido mis contrincantes.
Dicen que nadie como usted para demostrar el clímax de la marinera.
El clímax es cuando vas a entrar al coqueteo, la fuga y el zapateo. Es la parte culminante, se demora tres o cuatro segundos, donde debes rematar con todo lo que tienes. Decir esta soy yo para que la gente viva y vibre, es ese ahora o nunca, esa transformación total. Yo lo único que digo es: "Señor, llévame tú" mientras sigo el ritmo. Porque el dicho norteño es: al ritmo que me tocan, tengo que bailar.
¿Y el ritmo de la marinera se puede comparar con el tango o el flamenco por el aspecto de la seducción?
La marinera seduce: la mujer coquetea y el hombre es galante. Tiene que ser un galanteo fino, sutil, con estilo. Y poblano, porque el poblador norteño es fuerte, enérgico en su galanteo. Es muy machista, quiere demostrar que él puede más. Y la mujer es esquiva, a las finales se rinde el varón y la mujer gana. Es un desafío. Mujer que baila bien tiene que encontrar un buen varón bailando, porque si no, se lo pasea. Le quita el pañuelo y ya está humillado.
¿Ha quitado el pañuelo?
Sí, pero de casualidad. Tú tienes que hacer alguna pericia, levantar el pañuelo con los pies o el varón se arrodilla inmediatamente y lo levanta. Son cosas bonitas.
¿Se enamoró alguna vez de una pareja de marinera?
Claro, me casé con una pareja, el señor Luis Alza. Fue parte de la armonía, una seducción mutua, pero al pasar los años la química se mezcló con otras químicas, pero queda la satisfacción de que ambos seguimos trabajando por la marinera. Ni yo la dejé ni él. Me deprimí mucho. Además, ese año que me divorcié, se murió mi madre. Entonces se me mezcló, pero cuando bailaba marinera olvidaba. Era mi terapia.
Sé que su trabajo en el INC y ahora en el Museo de la Cultura Peruana la ha enriquecido mucho.
Cuando llegué a Lima, llegadita de Trujillo, trabajé en el INC, que dirigía Martha Hildebrandt, con gente muy culta. Trabajé con el gran músico César Bolaños. Mi dejo, mi 'di', tuve que dejarlo en casa, ja, ja, ja. En el museo desde el 90 aprendí que existía un arte popular Vi cuando le entregaron por primera vez a Joaquín López Antay un Premio Nacional de Cultura, y los cultos protestaron. Conocí a artesanos como Hilario y Georgina Mendívil, a los esposos Tineo.
¿La marinera es un arte popular?
También. Desde cómo te vistes, los adornos de la cabeza, los algodones, los pardos que van con tus trenzas. Tus oídos van a estar adornados con filigranas de oro y plata, hecho por orfebres netamente peruanos. Esto te embellece y enorgullece. Tienes tus faldas hechas con manos peruanas, sombrero de paja hechos por tejedores a telar, a crochet. Una vez le pregunté a Julio Montes cómo hacía la artesanía de sus tapices. Y me dijo: "Así como usted baila".