Por: Juan Paredes Castro |
Hay una vía corta y expeditiva y otra larga y engorrosa para enfrentar lo que en los últimos tiempos se ha hecho demasiado evidente: la injerencia política chavista en el Perú, cuyos modos sutiles y desembozados saltan a la vista.
La vía larga es la que comenzará con una investigación en el Congreso, supuestamente no restringida solo a las llamadas casas del ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), tan extrañamente difundidas en el Perú, sino a toda la nomenclatura de organizaciones que trae y lleva el sello de lo que Hugo Chávez busca en la región: la promoción del antisistema y la subversión como mecanismos desestabilizadores de las vulnerables democracias vigentes.
Ya sea en alianza directa con las FARC colombianas o desde la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB), el chavismo parece estar confundiendo la tolerancia y buenas maneras de algunos gobiernos de la región con la debilidad de estos. Lo que el Gobierno Peruano viene acumulando hoy en tolerancia podría estallar mañana en una grave alteración de las relaciones diplomáticas si la injerencia política chavista continúa gozando de rienda suelta allí donde quiere, desde las simulaciones de atención médica y social hasta el reclutamiento de ex militantes terroristas del MRTA, pasando por el activismo de las casas de la "amistad peruano-cubano-venezolana", otra de las variantes de penetración política desestabilizadora en la región.
No es que estemos ante una internacional política de solvencia reconocida, como la socialdemócrata o la socialcristiana, con fines más bien institucionalmente constructivos. Los movimientos locales que auspicia la Coordinadora Continental Bolivariana tienden a construir alternativas antidemocráticas y violentistas. Chávez juega así con dos manojos de cartas: el que usa desde afuera para sostener internamente su régimen autocrático y el que ejercita desde adentro hacia fuera para proyectar una imagen de fuerza más falsa que real, basada, eso sí, en el irresponsable derroche fiscal extraído de una bonanza petrolera que lamentablemente no está al servicio de los venezolanos más pobres.
Aquí viene, en lo que le toca al Perú, la necesidad de la vía corta para frenar la injerencia política chavista, vía corta que no es otra que la de obligar al gobernante venezolano a cambiar drásticamente de actitud.
Démosle a Chávez a escoger entre el estricto respeto por nuestro fuero interno o nuestro legítimo derecho a no tolerar más sus operaciones encubiertas.