No hay vuelta que darle. El llamado plan de Tolerancia Cero en el transporte interprovincial ya fracasó. No va más. Lo que se necesita es un nuevo plan, con una estructura que genere confianza en la población por su eficiencia y que involucre a responsables directos, políticos y administrativos, que asuman los éxitos, pero también que den la cara ante los fracasos, sean ministros, viceministros u otros funcionarios.
El país está harto del caos y de promesas de solución. Exige una reforma radical del transporte interprovincial que no solo erradique la corrupción enquistada en los diferentes estamentos del MTC, sino que también sea eficiente.
El plan Tolerancia Cero buscó poner orden en las pistas y, como su nombre lo indicaba, no debía admitir ni la más mínima irresponsabilidad en el transporte. Las buenas intenciones, sin embargo, no sirven de mucho porque el MTC no es capaz de cambiar a la burocracia que convive con la mafia de los brevetes, de los buses-camión y de las licencias irregulares. Cuando se renuncia al control policial, ante la pasividad del sector Interior, y se cuenta con inspectores insuficientes en número y en experiencia. Cuando no se sanciona al transportista informal, que contrata personal no idóneo o incurre en graves infracciones laborales, ante la inacción del Ministerio de Trabajo.
Más allá de quién asume la responsabilidad política por el fracaso del plan Tolerancia Cero, se necesita una firme voluntad de cambio desde la más alta esfera del Gobierno para poner fin a las muertes en las carreteras.