Por Anna Zucchetti. Bióloga
Un tour en el Mirabús por el distrito de Miraflores no promete equipararse a un paseo londinense a bordo de un histórico doble decker bus, pero es una experiencia que, ciertamente, vale la pena.
Más que una inmersión aérea de cultas pretensiones por la poco sobria arquitectura del distrito, el recorrido entretiene por la cantidad y calidad de anécdotas que el simpático guía dispensa a los ingenuos turistas. Desde las preferencias gastronómicas de los antiguos miraflorinos pertenecientes a la Cultura Lima, descubiertas en las excavaciones de la Huaca Pucllana, pasando por las rutas literarias de don Ricardo Palma y los infaltables recuentos de la valentía peruana en los reductos del parque del mismo nombre durante la Guerra del Pacífico (amén, turistas chilenos), el anecdotario del tour conductor es una caja de sorpresas.
Menos sorprendente es, penosamente, el panorama urbano del distrito. Si bien en el contexto de Lima Metropolitana, ciudad famélica de espacios públicos, Miraflores tiene mucho que ser envidiada por sus áreas verdes y por el manejo de su malecón, el paisaje actual es decepcionante, más allá de estos reductos. Y el Mirabús lo confirma. Excepto por pequeños tramos, la sensación visual es de un paseo entre marañas de cables telefónicos, techos que aún no se apuntan al conocido programa municipal de limpieza y mucho tráfico. En ciertas partes del recorrido, uno se pregunta si quien se ausentó fue el guionista del paseo en Mirabús o los recientes alcaldes, guionistas del distrito. ¿Dónde quedó la majestuosa fastuosidad arquitectónica de la avenida Arequipa? ¿A qué planes urbanos y de desarrollo distrital corresponden los treinta pisos de Imagina en la 28 de Julio u otros desbordes semejantes?
Con excepción del malecón, en ciertas zonas parece que se perdió el libreto. Es el mismo libreto que parece haberse perdido en el resto de la ciudad. Como en otros distritos, la voracidad inmobiliaria parece imponerse sobre la voluntad residencial o patrimonial de los vecinos, voluntades que nunca se incorporaron a una visión compartida de ciudad. ¿Será casualidad que aún seguimos esperando el plan metropolitano de Lima?
Quizás si preparamos un libreto colectivo, construido sobre la base de los sueños de cada limeño y limeña, el resultado podrá ser arquitectónicamente más armonioso y socialmente más inspirador. De lo contrario, si no construimos una visión compartida de Lima, seguiremos siendo testigos de la destrucción de la ciudad que hemos heredado y, como el tour conductor, mostraremos a nuestros hijos y a los futuros turistas una simple ciudad de anécdotas.