Por: Juan Paredes Castro |
Solo la política peruana puede darse el lujo de añadir a su falta de reglas de funcionamiento la abundancia de piezas sueltas, las cuales acaban finalmente fuera del tablero de cada coyuntura.
Eso tiene una explicación de solamente tres palabras: ausencia de rumbo.
Sabemos por dónde ir económicamente, pero no por dónde ir políticamente, y ocurre que lo segundo resulta crucial para lo primero.
Hasta ahora no nos damos cuenta de por qué años atrás Chile tuvo que afinar y volver coherentes sus reglas de juego políticas paralelamente a las expectativas de su crecimiento económico. Sencillamente, deseaba poner correctamente los caballos delante de la carreta. Es decir: las señales de confianza a futuro (lo que llamamos predictibilidad) debían partir esencialmente del comportamiento político del país y de la estructura de decisiones y percepciones que este suele generar.
Para citar un ejemplo, al contrabando ideológico y proselitista chavista no se le ocurriría pretender colarse en Chile con la facilidad con que lo hace en Bolivia, el Perú y Nicaragua. Y eso que podría encontrar en el vecino país del sur afinidades socialistas y comunistas que pudieran prestarle cierto eco. Ocurre que en Chile hay un trazado de reglas políticas claras e institucionales, con un sistema de partidos que no será perfecto, pero que funciona desde hace muchos años.
Aquí, en el Perú, lejos de construir reglas políticas que aporten valor y confianza al desarrollo económico y social, nos asalta todo el tiempo la diabólica tentación de destruir aquellas escasas y precarias que apenas sostienen los pilares formales de nuestra democracia. El triste espectáculo de defensa de impunidades en el Congreso vuelve cada vez menos confiable a este poder del Estado en el rol que representa.
El Gobierno y los partidos políticos realmente responsables tienen que hacer algún esfuerzo por superar esta peligrosa porosidad y desarticulación de la política peruana para dotarla del mínimo de reglas básicas que demanda la estabilidad interna.
Haría bien el primer ministro, Jorge del Castillo, en no replegarse demasiado en las buenas prácticas del principio de autoridad para avanzar también hacia el tendido de puentes y bisagras entre los partidos, los poderes públicos, las fuerzas productivas y gremiales (¿qué pasó con el Pacto Social?) y, por supuesto, entre las representaciones regionales y municipales en su relación con el poder central y el Estado.
Tenemos que tratar de cerrar cuanto antes la abismal brecha entre el superávit económico y el déficit político.