Por David Hidalgo Vega
A contraluz de la mampara a sus espaldas, Herbert Ccahuana da retoques a una última creación pictórica. Es el retrato de un anciano con ropajes andinos, piel cansada, ojos profundos y dignos. Los refinados trazos en acuarela proceden de manos que hasta hace poco servían para reparaciones mecánicas. Parece un signo de sus tiempos: Ccahuana ha asumido su condición de artista tras una etapa de oscuridad. "Ahora hago lo que realmente me gusta", dice el muchacho. El radical cambio de rumbo vino tras una etapa de crisis en la que estuvo muy enfermo y se recuperó, estuvo solo y se enamoró, trabajaba para otros y encontró luego su propio camino. Días atrás, sus trabajos fueron expuestos por primera vez en ArTB, una muestra instalada en la Biblioteca Nacional para explicar la enfermedad y combatir los prejuicios. Herbert, hijo de ceramistas del Cusco, un talento resurrecto, ofreció su palabra con orgullo.
Pintabas como un hobby.
Sí, como hobby y a veces por necesidad. Mis papás son de Písac y viven en San Blas. Con ellos aprendí a pintar cerámica. Mi papá me había dicho que me dedicara a la pintura, porque lo hacía bien, pero yo no lo creía. Me parecía aburrido. Nunca pensé dedicarme al arte. Tenía otra intención. Cuando terminé la secundaria, me metí a estudiar mecánica de autos.
Querías entrar a un taller.
Sí. A finales del 2002 me invitaron a trabajar en una empresa en el Callao, para instalar sistemas de gas en los carros. Me vine a Lima y me dedicaba a eso, pero a finales del 2004 me enfermé.
¿Cómo empezó todo?
No tenía síntomas. El doctor me dijo que empezó como una neumonía atípica, porque había inhalado gas y eso me causó una fisura en el pulmón. En esa época comía muy tarde, estudiaba inglés en las noches y no cenaba bien, tenía una alimentación irregular. Un día me sentí mal y tres días después empecé a botar sangre por la boca. Nunca pensé que fuera TBC. Los doctores sospechaban, pero no sabían qué era. Me hicieron unas pruebas y un doctor me dijo: "Hasta que se sepa qué es, mejor empieza a tomar el tratamiento". Después de dos meses y medio salió positivo que tenía TBC.
Debió ser duro escucharlo.
Me puse a llorar, pero me dije: "Quiero sanar". En abril entré al hospital, solo, mi familia estaba en el Cusco. Y me ponía muy triste porque no había medicamentos que me hicieran bien, mi cuerpo reaccionó con las pastillas y casi me mata la intoxicación. Me salieron ronchas, me dio una hepatitis medicamentosa. Empezaron a desintoxicarme y probar nuevos medicamentos, hasta que los empecé a tolerar. Primero me dijeron que el tratamiento duraría 12 meses. Luego, para asegurar, que eran 18. Yo acepté. Al salir del hospital, en setiembre del 2005, estuve hospedado en un hotel, gracias a Socios en Salud. Pero un mes y medio después tuve que ir al Hogar San Pedro, por Chosica. Es un centro de reposo para pacientes de condición humilde. Hay gente con cáncer terminal, VIH, TBC, niños con problemas genéticos.
¿Qué sentiste al llegar allí? Estabas lejos de tu casa y solo.
Supe que estaba en mi ambiente, con gente que sufría igual. Entre todos nos apoyamos. Me sentí tranquilo, porque en el hospital había pasado por situaciones discriminatorias que me hicieron mal. Incluso con las enfermeras y los médicos. Yo pedí mi alta voluntaria por unos días para irme al Cusco, pero allá también me decían: "¡Por qué has venido!; esa enfermedad no hay acá, mejor regrésate". Entonces, al darme cuenta de que me trataban peor, regresé rápido y me volví a internar. Para evitar esas cosas yo no hablaba mucho, ni me acercaba a ellos, solo trataba de curarme. Al menos no sentía el tratamiento.
¿Por qué no?
Cuando aún estaba en el hospital, conocí a una chica, una enfermera. Era la primera persona que me miraba distinto. En ese momento sentí alegría, pero nunca pensé que al llegar al hogar la iba a volver a ver. Justo fue la persona que arregló mi cuarto, me indicó dónde estaba el comedor. Yo estaba callado y solo decía dentro de mí, "me voy a sanar y un día me casaré contigo".
¿Habían hablado antes?
Una vez le dije hola, pero como yo estaba con mascarilla, era imposible que se acordara de mí. Yo sí la había visto. Y, bueno, más o menos un mes después, cuando ya estaba recuperando las fuerzas, comencé a jugar ajedrez con un ingeniero que estaba enfermo, un señor mayor. Pero me daba vergüenza que ella me viera jugar todo el tiempo, podía pensar que era un vago. Entonces a mi mamá le pedí que me mandara mis pinceles y pinturas para cerámica. Traté en lo posible de que me dieran un ambiente para pintar y me lo dieron, en un sótano. Mi intención era que ella se acercara para decirme: "Qué bonito estás pintando, cómo haces". Por eso no sentí el tratamiento, estaba más preocupado en levantarme temprano, tomaba el desayuno, mis pastillas y me iba a pintar. No quería perder tiempo.
¿Qué pintabas?
Platos de madera que me mandaba mi familia. Los pintaba con iconografía inca. Me acuerdo que en esos días llegaron voluntarios de Canadá y les gustó mi trabajo y me comenzaron a pedir. Así empecé a hacer collares y cada mes le regalaba a ella un par. Los demás pacientes se la pasaban durmiendo, pero yo no sentía los efectos de la pastilla y encima ganaba dinero con la venta. Sentía que tenía una motivación más fuerte, que era ella.
¿Te declaraste?
Mi intención era no decirle nada hasta estar bien. Quería postular a la Escuela de Bellas Artes del Cusco. Para eso me preparaba en el mismo sótano. Me pedí prestados libros y tenía una pared para dibujar con lápiz en formatos grandes. Pintura sí sabía y modelado también, por mis padres. Antes de que me dieran de alta pedí permiso para postular. Me dieron la confianza, me mandaron con las pastillas y todo. Y, bueno, ingresé a la Escuela en marzo del año pasado.
¿Le contaste a ella?
Sí, al regreso. Le dije que había entrado en el puesto once. Se alegró. Un par de semanas después me dijeron que ya estaba de alta y tuve que viajar a empezar mis clases.
¿Y qué fue de la chica?
Ahora es mi novia. Me alegra bastante, porque no pensé nunca que una persona podía cambiar tu estado de ánimo y darte esa fuerza para no notar los problemas. Y más todavía cuando los trabajos me empezaron a salir. De Canadá me piden acuarelas, platos, collares. Habré mandado 700 u 800 collares y unos 50 platos. Con eso me ayudo.
¿Y cómo haces con la distancia?
Este año voy a hacer cursos libres y pienso pedir un traslado. Pero la escuela de acá me pide unos requisitos que debo cumplir. Mientras, hablamos por teléfono y vengo cuando puedo. Pienso quedarme en Lima.
Entonces es cierto que no hay mal que por bien no venga.
Sí, creo que es una bendición. Por algo ha pasado. Si no, ahora estuviese arreglando carros, en un ambiente que me hacía sentir presionado. No me gustaba que me dijeran "haz esto" o "haz aquello". No era lo mío. Esto es distinto. Acá puedo hacer lo que quiero, si elijo un color, pues lo pongo. Siento más libertad.
¿En algún momento pensaste que esto no tenía solución?
Sí. Cuando empecé a botar sangre, pensé que me iba a morir. Yo siempre me sentí fuerte, nunca se me cruzó por la mente esto. Pero las cosas cambiaron cuando vi a la señorita. Me vino la seguridad de que iba a vivir. Si no hubiera sido por esto, quizá no hubiera ido nunca a ese hospital, qué sería...
¿Te vas a casar?
Me gustaría. Sí, eso quisiera.
¿Y piensas expresar esos momentos dramáticos de la enfermedad en tu trabajo? Muchos artistas o escritores famosos lo han hecho.
Creo que no, prefiero dejarlo así. Prefiero hacer cosas que me gustan: dibujar a las personas de mi tierra. Me gustan las vivencias, la forma de vestir. Incluso el color de ellos, que también es mi color.
¿Ya superaste el problema de la discriminación?
Pocas personas saben de la enfermedad que he tenido. Preferí no decirles porque, a pesar de que se promueve que se cura, en el fondo siempre se les va a prender una lucecita de discriminación. Prefiero decir que fue solo una neumonía.
Pero ahora muchos van a saber.
Sí, pero espero que lo tomen a bien. Que se fijen en los trabajos que hago más que en lo otro. Yo no pedí esta enfermedad, pero me tocó.
¿Qué quisiste decir al participar en esta muestra?
Primero, para mí es una alegría grande, porque se exponen mis trabajos y mis padres se sienten contentos. Y luego, si acepté estar aquí es para mostrar a las personas que cada uno tiene algo bueno que aportar en la vida. Que se olviden de la discriminación. Porque sí existe, a pesar de que muchos lo nieguen. A veces los doctores y las enfermeras son los primeros. Eso debe terminar.
Las 22 pastillas que volvió a tomar ya no le hacían efecto y el diagnóstico fue inminente: tenía TBC multidrogorresistente (MDR), una variante que empieza a extenderse en el país. "Llegué a pesar 45 kilos", recuerda.
Una vida dedicada a la pintura y la artesanía entraba en crisis. Mori, quien en sus mejores tiempos viajó por Latinoamérica y Europa llevando sus creaciones, entró en una fase cercana al colapso. "Estuve a un paso de la tumba", dice. El duro tratamiento que debió seguir entonces tuvo efectos colaterales físicos y personales: perdió clientes, porque no podía cumplir sus pedidos; su taller de 25 personas se fue reduciendo; "en un momento mis hijos menores tuvieron que trabajar en esto para mantenernos".
La ayuda de Socios en Salud, una ONG que provee asistencia médica a personas de pocos recursos, fue crucial. "Incluso han venido con médicos de Haití, Bangladesh y EE.UU.", comenta. Ahora él devuelve su testimonio como agradecimiento. La salud, advierte, es impagable.