Por: Juan Paredes Castro |
Si el Congreso se ha convertido, por decir lo menos, en el mal necesario del país, ¿de qué manera puede establecerse con él una relación mínimamente provechosa desde el Gobierno, desde los demás poderes públicos y desde una ciudadanía que no se siente representada?
Quizás debiéramos comenzar por esto último. En verdad, el Congreso no es la unidad de representación política que merecería el país. Esta es una tarea pendiente en la reforma del sistema electoral y parlamentario que, extrañamente, los propios legisladores se niegan a emprender. Lo cierto es que un congresista de la República no es más que eso, en términos generales abstractos. No es un congresista que responda --digamos-- por la suerte de Huánuco, La Libertad o Loreto. Es todo y nada a la vez, con cero rendición de cuentas.
No hay partido que tenga mayoría en el actual Congreso. Pero son dos los apristas que se han sucedido en su presidencia: Mercedes Cabanillas y Luis Gonzales Posada, ambos empeñados en encarrilar un trabajo parlamentario que precisamente no tiene los carriles puestos, como los que le aseguraría una bicameralidad. Podría pensarse también en un dominio parlamentario oficialista, y, por consiguiente, en un Congreso facilitador de la gestión gubernamental. Sin embargo, el Congreso no es ni facilitador ni opositor de nada. No opera en relación con la agenda del país sino con la de los subalternos intereses de sus miembros. Le sirve poco o nada al Gobierno, al Poder Judicial, a las regiones y a la ciudadanía en general.
Sin embargo, nada ha dejado de ser tan irónicamente importante como la necesidad de contar con este poder del Estado.
El Gobierno tiene ahora un nuevo agravado problema de relación con el Congreso, no solo porque no puede controlar a la bancada aprista, salvo en situaciones de desesperación como cuando Tula Benites ya parecía salvarse de la acusación constitucional, sino porque entre el Ejecutivo y el Legislativo no hay una agenda concreta y priorizada que manejar ni una instancia de enlace capaz de evitar justamente que la ineficiencia parlamentaria termine perjudicando fundamentales resultados gubernamentales.
Luis Gonzales Posada no ha creado este Congreso. No tiene que angustiarse por no poder cambiarlo. Le compete, eso sí, no dejarse llevar en procesión por la bancada aprista ni permitir que el tumulto humalista y fujimorista socave las posibilidades de aprobación de por lo menos tres reformas constitucionales claves, que él se comprometió a sacar adelante en la inauguración de su mandato.