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Todos los caminos conducen a la caja chica de Chávez

Por: Juan Paredes Castro |

El mayor misterio en el complejo pequeño mundo del régimen de Hugo Chávez gira alrededor de su caja chica y del destino que la misma tendría en relación con algunos liderazgos y movimientos políticos e inclusive militares fuera de Venezuela.

El otro misterio, dentro de este, alimenta la duda de cuánta identificación ideológica, política y personal despierta realmente Chávez en quienes se inscriben en su lista de preferencias y preferidos. O es que, como pensamos, en este nexo íntimo parece operar más el amor a los chicharrones que al chancho. Sería, efectivamente, la plata de Chávez, o mejor dicho, la plata venezolana, la que en el fondo importaría más a los intereses de las FARC, de Evo Morales, de Ollanta Humala y hasta de Mario Huamán, líder de la mayor central sindical del Perú.

Aunque no tiene que haber sorprendido mucho, porque hoy en día en América Latina casi todas las izquierdas prosoviéticas del pasado se mueven en dirección de Chávez y de sus favores, el anuncio de Huamán de solicitar una cita con Chávez paralelamente a su convocatoria de un paro por el alza de precios en el Perú, no deja de ser impertinente. De un lado, porque nadie entiende la motivación de recurrir a Chávez, que no sabe qué hacer con su inflación del 25%, para protestar por la inflación peruana del 4,82%. Y de otro, porque es sumamente riesgoso para la clase laboral peruana que adhiere la CGTP hipotecar sus intereses a Chávez.

Todo el mundo sabe que el gobernante venezolano tiene, con sus aliados latinoamericanos, la misma consideración de estos con él: que el amor no es al chancho sino a los chicharrones. Si hoy pueden servir a sus fines Evo Morales, Ollanta Humala y hasta Rafael Correa, bien. Y si mañana no, él sabrá con quién reemplazarlos o simplemente tomar las distancias del caso. No es que Chávez tenga la sabiduría maquiavélica de Fidel Castro. Pero le sobra astucia y audacia para tratar, como él quiere, a quienes han resuelto deberle algo, aunque las facturas finales tengan que pagarlas los propios países que sufren las consecuencias de la exportación desestabilizadora venezolana.

Las democracias latinoamericanas amantes de su desarrollo y estabilidad no tienen que cuidarse tanto del torrente verboso de Chávez, que es inaguantable, sino de su apetecida caja chica por la que viven y mueren no pocos proyectos políticos radicales de la región.

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