Por: Juan Paredes Castro |
Los anuncios de corrección y sanción en el Congreso no dejan más lugar que para sacar del otorongo un pelo. Y, efectivamente, esto es lo que acaba de lograr Luis Gonzales Posada con la renuncia del oficial mayor, José Abanto Valdivieso.
Después de la demostrada complicidad parlamentaria aprista con la conducta delictiva de Tula Benites, sobrevivir en el cargo tiene que haber sido para el presidente del Congreso, también aprista, una apuesta angustiosa entre el deseo de mandarse a mudar y la promesa de por lo menos liderar algún tipo de purga en una institución curtida por el espíritu de cuerpo de sus miembros ante escandalosas fallas y delitos.
La oportunidad de curarse personalmente en salud se la ha brindado el descubrimiento de la adulteración de una ley que revela en los cambios hechos en el texto de la misma el propósito muy bien coordinado de que en los ministerios no solo funcione un comité de asesoramiento sino también otro de coordinación para fines legislativos. Una manera de avalar legalmente el aumento de burocracia, en este caso, de burocracia aprista.
Algunos funcionarios administrativos (la pita más delgada) están camino al Ministerio Público, el oficial mayor del Congreso (la pita más gruesa) ha presentado su renuncia y el parlamentario aprista Wilder Calderón (la soga en la casa del ahorcado) será investigado por la Comisión de Etica en una primera instancia que debe declarar la inocencia de este o encontrar evidencias de su participación en la adulteración de la ley.
Calderón acepta, con franqueza, haber defendido hasta la vehemencia la necesidad de contar con un comité interparlamentario en los ministerios, aunque niega haber metido la mano en el texto de la ley para materializar ese objetivo.
Gonzales Posada ha puesto prácticamente su cabeza en juego en estas dos operaciones. La de la responsabilidad administrativa ya encontró una salida con la renuncia de Abanto. La de la responsabilidad parlamentaria supone una dura batalla con el otoronguismo aprista y el otoronguismo en general. El solo hecho de haber impulsado la investigación es como arrancarle un pelo al otoronguismo. ¿Cuánto más lejos querrá llegar Gonzales Posada? No lo sabemos.
Lo que realmente podría salvar a la actual presidencia del Congreso es su determinación de poner un nuevo orden en las responsabilidades administrativas y parlamentarias. Es un gran cuento eso de que es muy difícil hacerlo. Ni siquiera aquello de que los congresistas no tienen mandato imperativo impediría introducir severos controles capaces de evitar que parientes pueblen las planillas y muchos legisladores hagan con sus cargos lo que les viene en gana.
¡Esto podría significar del otorongo un bigote, como trofeo!