Por Raúl Ferrero C. Jurista
Hace pocos días el país ha sido informado de los afanes separatistas del presidente regional de Puno, quien, sin acuerdo de su consejo regional, ha hecho saber que su región desea independizarse de la República peruana.
Posiblemente el referido presidente desconozca las implicancias del propósito que pretende perseguir.
El Perú, desde que adquirió su independencia de España, escogió ser un Estado unitario e indivisible, principio que se ha mantenido inalterable, salvo el intento fallido del general Santa Cruz cuando creó la Confederación Peruano-Boliviana (1836-1839), con los calamitosos resultados que todos conocemos.
La explicación para entender la razón por la que se decidió organizar el Estado bajo esa forma de gobierno responde a razones históricas y políticas.
Mientras en países como EE.UU. se recogió el modelo de Estado federal, porque tenía que unificarse a las 13 colonias disgregadas, que se habían establecido de manera separada en la zona este de Norteamérica, a las que se fueron anexando otros territorios paulatinamente mediante la conquista del oeste, en el Perú las cosas fueron distintas, como respuesta a una realidad totalmente diferente.
Desde la época colonial el Perú fue un virreinato unitario, que si bien perdió territorio que se le seccionó, cuando se alcanzó la independencia de España nuestros fundadores mantuvieron la unidad territorial y política, a pesar de las creaciones de Ecuador y Bolivia como consecuencia de decisiones políticas interesadas, pocos años después de haberse alcanzado la independencia nacional.
El Perú nunca quiso ser un Estado federal. Otros lo son, como España, porque después de la reconquista, los reyes católicos, luego de unir a Castilla y Aragón, se lanzaron en el empeño de ir poco a poco agregando a su reino otras regiones con larga tradición histórica independiente, que tuvo que asimilarlas como gobiernos autonómicos sujetos a un poder central, que se vio precisado a ceder posiciones para incorporarlos.
El Perú responde a otra realidad, donde el esfuerzo ha sido más bien a la inversa, para lograr descentralizar mejor el poder altamente concentrado en la capital de la República.
Por eso, resulta contraria a la corriente, integradora y descentralista, el intento de independizar una región separándola del territorio nacional, cuando el esfuerzo está puesto en articularla coherentemente dentro del Estado nacional, para su propio beneficio, más aun cuando reconoce con orgullo a esa región altiplánica, con el Lago Titicaca como el emblema de una nación rica en su diversidad geográfica y cultural.
Es cierto que ha habido descuido en la atención gubernamental en las zonas altoandinas. Esto se refleja en la forma cómo los sucesivos gobiernos han gozado, en términos generales, de poca aceptación en ellas, y de manera particular el actual, que cuenta con un preocupante escaso respaldo.
Sin embargo, el destino de Puno no es separarse para ahondar más sus problemas, sino integrarse mejor "sobre la base de áreas contiguas integradas histórica, cultural, administrativa y económicamente, conformando unidades geoeconómicas sostenibles", tal como lo señala el artículo 190 de la Constitución.
El intento de Puno por independizarse no solamente carece de sentido, sino que tampoco tendría viabilidad económica. Sabemos bien de la importancia que ha alcanzado el contrabando como actividad comercial creciente en esa región, en la que es preciso que la legalidad y el Estado tengan mayor y más efectiva presencia.
Finalmente, es necesario agregar que los afanes secesionistas son abiertamente inconstitucionales y a quienes los promuevan les alcanzará responsabilidades delictuales, específicamente previstas en el Código Penal.