Tres mujeres pertenecientes a una familia arequipeña se encargan en Semana Santa de vestir a una de las imágenes más veneradas de la región. La historia empezó en 1870
Por Carlos Zanabria Angulo
La población arequipeña tiene una devoción especial por la Virgen María. Así lo demuestran, por ejemplo, los multitudinarios cultos a la Virgen de Chapi y a la Virgen de las Angustias. Sin embargo, por estos días, es la Virgen Dolorosa, que se cobija en el templo de Santo Domingo, la que congrega el mayor número de fieles a su alrededor, sobre todo en la procesión del Santo Sepulcro en Viernes Santo, cuando acompaña al Cristo yacente junto a las autoridades de la ciudad y los caballeros de la hermandad, todos vestidos de negro estricto.
Ella va detrás en una pequeña anda donde apenas hay espacio para colocar cuatro cirios de color verde.
La Virgen Dolorosa es una imagen pequeña y delicada que tiene el dolor reflejado en el rostro y el corazón de plata atravesado por espadas. Lleva en sus manos un pañuelo blanco para secar sus lágrimas y su primoroso vestido negro está adornado con delicados hilos de oro.
Pocos saben que esta imagen no es de propiedad de la Iglesia sino de la familia Vivanco. La historia de esta familia cuenta que la virgen fue comprada en Francia en 1870 por los esposos y hacendados arequipeños Carlos Manrique y María Calle de Manrique, quienes quisieron recrear en la Ciudad Blanca las procesiones españolas.
UNA TAREA DE GENERACIONES
José Agramonte Galdós, actual presidente de la Hermandad del Santo Sepulcro, está convencido de que desde 1870, cuando Francisco Bolognesi presidió la primera hermandad de caballeros, la Dolorosa ya acompañaba a la procesión.
Ante la creciente devoción que despertaba la imagen, los esposos Manrique Calle decidieron confiar su cuidado a sus amigos, los padres dominicos.
Desde entonces su hogar es el templo de Santo Domingo, pero la pareja impuso una condición: solo sus familiares se encargarían del arreglo de la imagen de manera perpetua. Así ha sido por generaciones.
La tarea la han cumplido primero los Manrique Calle y ahora les toca el turno a los Vivanco tras una larga sucesión familiar de casi dos siglos. Para ello, guardan con especial celo un baúl donde colocan los vestidos y escapularios de la Virgen.
MANUAL DE INSTRUCCIONES
Vestir a una de las imágenes más veneradas de la Ciudad Blanca no es una tarea sencilla. Según Cecilia Ponce de Vivanco de Mutze, bisnieta de los esposos Manrique Calle, ella conserva el testamento de sus abuelos en el que figuran instrucciones precisas para saber cómo colocar la indumentaria. Ella cree que estas disposiciones tan estrictas vinieron en alguna especie de manual que llegó cuando sus antepasados adquirieron la efigie.
Los preparativos para vestir a la Dolorosa empiezan el martes, cuando un grupo de mujeres encabezado por Cecilia Ponce de Vivanco, quien lleva la ropa de la Virgen, entra a la iglesia de Santo Domingo. La acompañan su hija Michelle Mutze Ponce y María Andrea Agramonte, la esposa del presidente de la Hermandad del Santo Sepulcro, quien años atrás decidió ayudarlas en este delicado trabajo.
La labor se inicia a las 9:00 a.m. Primero se cambia la ropa interior y se limpia el rostro con un algodón empapado en crema de huevo batido a punto de nieve. De esta manera se logra el brillo que caracteriza el rostro níveo de la Virgen.
Luego se procede a la colocación de una serie de prendas que doña Cecilia cita de memoria. Entre ellas está el escapulario y las cintas que la imagen lleva a la cintura, las que forman parte de una colección de doña Cecilia.
Después vienen las mangas de su traje, las que deben colocarse con grandes alfileres. De ahí viene el manto, el corazón de plata y el pañuelo que lleva en la mano. Ninguna puntada o alfiler que asegure las prendas y adornos a la virgen debe notarse.
La colocación del resplandor (un adorno que va sobre el velo) demanda sumo cuidado, pues la frágil cabeza de la imagen podría resultar dañada debido a su antigüedad. Por último se le pone la mantilla, una tarea que debe ser realizada por dos personas. Todo este delicado ritual concluye al mediodía.
Aunque hay fieles dentro de la iglesia, pocos se percatan del trabajo, en la nave lateral, de estas tres mujeres. Su labor es silenciosa, como lo hicieron muchas de las mujeres que las antecedieron hace casi dos siglos.