El peregrinaje por Semana Santa tiene un significado distinto en Tumbes. Por estos días, cientos de tumbesinos se levantan muy temprano para preparar los alimentos que consumirán en un largo recorrido a pie hacia los pueblos de Cabeza de Lagarto, Cerro Blanco, Cabeza de Vaca y Loma del Viento, donde existen varias huacas. Hacia allá se dirigen para profanar los tesoros que estas aún guardan en su interior.
Según el sociólogo Manuel Peña Ruiz se trata de una costumbre que empezó en 1532, cuando los españoles arribaron al territorio de los Tumpis e iniciaron el destierro de las deidades incas, cuyo máximo emblema de culto era la huaca y el spondylus, un objeto muy apreciado porque simbolizaba la fertilidad. Por ello, al saber de lo atractivo que era el spondylus para los incas, los españoles se los ofrecían a cambio de que profanaran las huacas de la región.
Ya en el siglo XVII, el Consejo de Indias norma la extirpación de las idolatrías y empieza la imposición de la cruz por parte de los misioneros. Por eso, en Tumbes siempre se encontrará una cruz al lado de una huaca.
La profanación se ha vuelto hoy una tradición que se sigue cumpliendo en diversas localidades de la región tumbesina, pese a los esfuerzos de la arqueóloga del INC, Carolina Vílchez, quien todos los años coordina junto a la Policía Nacional operaciones para evitar la profanación de los lugares que actualmente son reconocidos como zonas arqueológicas.
La tradición es tan arraigada en la población que incluso el propio presidente regional, Wilmer Dios Benites, confiesa que de niño iba junto a su familia y vecinos a la huaca de Loma del Viento. Allí encontraba huacos que hoy conserva en su vivienda.
Tras las horas de huaqueo, muchos retornan a sus casas al atardecer y luego visitan las iglesias para guardar luto por la Crucifixión de Jesucristo.