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Informe EL TIBET CONTRA CHINA

La lucha es por el poder terrenal

Los problemas económicos y sociales han desencadenado los violentos disturbios en Lhasa, la capital del Tíbet. La religiosidad pasó a un segundo plano en el gigante asiático

Por Patricia Castro Obando. Corresponsal

BEIJING. El cielo puede esperar. La lucha por el Tíbet entre el Gobierno Chino y el Dalai Lama es eminentemente una batalla por el poder político. Los disturbios que empezaron el 10 de marzo han sido producto del descontento económico y social --que se suma al tema religioso-- de los civiles tibetanos.

En un intento por demostrar su legitimidad, China no ha sido flexible en buscar caminos de solución para la crisis. El problema del Gobierno Chino es que no puede distinguir dónde termina el control y dónde empieza la represión. En su "Libro blanco sobre el Tíbet" (2004) expone su posición, pero no aporta ninguna estrategia de diálogo con el Dalai Lama, líder espiritual con gran influencia política en la región. Como si ignorándolo simplemente no existiera.

La perspectiva china que ha conducido al fracaso de negociaciones pasadas entre representantes de ambas partes se ha endurecido desde que Hu Jintao, reelegido por el Congreso hace una semana, subió al poder en el 2002. El actual mandatario fue secretario del Partido Comunista Chino en el Tíbet, donde sofocó las protestas de 1989.

Por ganar los corazones tibetanos, Beijing ha creído que el sentimiento antichino desaparecería con la llegada del progreso y el desarrollo a la región, factores que desplazarían el descontento político y la carencia de libertad religiosa efectiva. Esto solo evidencia una profunda incomprensión de China hacia la diferencia cultural del Tíbet.

Como medida de contención, Beijing logró que miles de ciudadanos de la etnia han --por lo general fieles al Partido Comunista-- se trasladasen a esta región y la dinamizaran. Muchos de ellos montaron rápidamente pequeños y medianos negocios en Lhasa, a partir de créditos e incentivos económicos, orientados al turismo y a la obtención de materias primas.

Para el Gobierno Central, su mejor carta fue la construcción del ferrocarril Qinghai-Tíbet, inaugurado en el 2006 con el objetivo de vincular a esta región con el resto del país y contribuir con su controvertida modernización. De hecho, el Tíbet es la región que concentra el mayor número de inversiones dispuestas por el Gobierno.

Sin embargo, buena parte de estos beneficios ha ido a parar a manos de los "invasores han", como los llama la población local. El resentimiento actual de los tibetanos civiles se explica porque no pueden competir con los chinos, acostumbrados al trabajo duro y que reciben al menos una educación técnica.

La inflación, que se apodera de las principales ciudades chinas, llegó por tren rápido a Lhasa. El aumento de los precios y el desempleo de la etnia local frente a un progreso en el cual no participan directamente contribuyeron a encender la pradera.

A diferencia de los acostumbrados enfrentamientos entre los monjes y el ejército chino, esta vez ha sido la población civil tibetana la que arremetió contra los comerciantes han y hasta contra los musulmanes hui. Esta última es otra etnia minoritaria que se caracteriza por practicar el islam "con características chinas" y por su talento para hacer dinero.

¿REGIÓN AUTÓNOMA?
Su nombre oficial es Región Autónoma del Tíbet de China. Pero su autonomía no es real, aunque les sucede lo mismo a las otras regiones que también gozan de este membrete. Está lejos de ser --si bien el nombre se le parece-- a la Región Administrativa Especial de Hong Kong o la de Macao, donde al menos las autoridades proceden del territorio local.

La regla tácita es que una minoría no puede gobernarse a sí misma dentro del universo han. A simple vista, los gobiernos locales están formados por representantes de las distintas etnias que pueblan la región. Pero los puestos clave les pertenecen a los chinos procedentes de la etnia han. Incluso en los casos donde la autoridad es de origen tibetana, el poder en la sombra lo maneja un han del Partido Comunista.

En los últimos años se han de-satado problemas sociales dentro y fuera del Tíbet. Muchos chinos consideran que los civiles tibetanos son "flojos, salvajes, e ignorantes" y no pueden entender por qué para ellos "la religión es más importante que el progreso".

A diferencia de los occidentales, que por lo general hemos idealizado a los tibetanos como seres espirituales y pacíficos, los chinos han los describen como seres violentos y hasta crueles. Por lo general no son aceptados socialmente por el resto de las etnias, mucho menos por la mayoritaria han.

IMÁGENES PARCIALES
La cadena estatal de televisión de China confirmó estas creencias de los han cuando empezó a transmitir, desde esta semana, a la audiencia local imágenes parciales sobre los disturbios en Lhasa, donde monjes y civiles tibetanos no solo causan destrozos en los comercios, saqueando o incendiando las tiendas, sino que también golpean y hieren a todo aquel "han invasor" que se cruza en el camino de la turba. Las víctimas son en su mayoría mujeres jóvenes o ancianas y hasta un niño de 6 años que fue pateado salvajemente en el pecho, de acuerdo con las tomas.

Lo que no se ha mostrado hasta el momento es la respuesta de los policías. Más bien, el Gobierno Chino ha insistido desde el inicio en que las fuerzas de seguridad no dispararon contra los manifestantes en Lhasa.

Todo parece indicar que en un primer momento los policías comunes --guardias armados con bastones-- tuvieron que huir ante una ola de tibetanos enfurecidos que les arrojaban piedras y los perseguían con palos. El contragolpe lo asumieron la policía armada y los paramilitares.

El jueves pasado Beijing admitió por primera vez que las violentas manifestaciones se han extendido a otras provincias donde viven comunidades de tibetanos. También reconoció haber usado la fuerza en la represión de las protestas en la provincia de Sichuán, disparando e hiriendo a cuatro manifestantes "en defensa propia".

Paralelamente, la televisión estatal difundió imágenes de recientes protestas, pero indicó que la situación ya está bajo control. No obstante, hasta el momento no permite que la prensa extranjera acreditada en China ingrese a la zona del conflicto.

El Gobierno comete el mismo error de manejo en Xinjiang, una provincia en el noroeste de China con otra identidad cultural, poblada por la etnia musulmana uygur, que es acusada de separatista. El mes pasado, la policía admitió que había matado a dos miembros de una supuesta banda terrorista. Aquí no acaban los problemas para China, tan solo empiezan, como su antorcha olímpica que será encendida mañana en la Antigua Olimpia y que incluye al Tíbet y Xinjiang como parte de su recorrido.

En este escenario, la población china, alejada de los tejes y manejes de su gobierno, se pregunta por qué la comunidad internacional quiere castigarla con el boicot de las Olimpiadas, ya que de producirse no será el gobierno, sino el pueblo chino el que pierda desde la partida.

Las complicaciones del reto olímpico
El Gobierno Chino enfrenta la olímpica tarea de suprimir las protestas sin generar condenas internacionales y demostrar que la región es estable.

Con ese fin, ha desplegado una campaña mediática para mostrar que la situación ya está controlada y la vida se normaliza en la región. También ha enviado equipos de limpieza para que no queden indicios de los desmanes en la capital tibetana de Lhasa. Esto representa un cambio de estrategia a diferencia de las protestas de 1989. Aquel año el gobierno impuso la ley marcial para sofocar otro levantamiento en el Tíbet y las manifestaciones de la plaza Tiananmen. Ahora apeló a toques de queda informales y asegura que no ha utilizado al ejército, sino a las fuerzas policiales entrenadas.

Los analistas extranjeros consideran que el "Gobierno Chino se siente limitado por los Juegos Olímpicos" mientras que los académicos chinos aseguran que su gobierno resolverá el tema de forma "rápida y pacífica". Para que la justa olímpica no sea afectada, es imperioso que China restaure el orden inmediatamente, aunque hasta ahora no está muy claro cuál es la situación en Lhasa.

La actitud contenida de Beijing responde en parte a los Juegos Olímpicos, "el sueño de generaciones de chinos", como reveló esta semana el primer ministro Wen Jiabao. Beijing tiene muy presente lo que ocurrió en 1989. Si bien controló las protestas en el Tíbet, la sangrienta represión de las movilizaciones en la capital aisló al país y postergó su despegue económico. Desde entonces el gobierno creó escuadrones policiales y paramilitares para lidiar con alzamientos.

En la última década abundaron las protestas de trabajadores descontentos o desempleados y de campesinos despojados de sus tierras para dar paso a grandes proyectos de desarrollo. La policía tiene instrucciones precisas para lidiar con estos episodios: trata de mantener las protestas confinadas y distender la situación mediante promesas o sobornos. El ajuste de cuentas llega más adelante.

ZONA BLOGS
Lea más acerca de la crisis en el Tíbet en el blog Oriente X-press
3http://blogs.elcomercio.com.pe/lasoga/

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