Hubo un tiempo en que nuestros gobernantes tenían que participar en los actos de Semana Santa (y lo hacían de frac y sombrero de copa alta). Desde 1980 es cuestión de fe y voluntad
Por Rocío La Rosa Vásquez
"Si no llega en cinco minutos, comenzamos", cuentan que dijo el fallecido cardenal Juan Landázuri Ricketts antes de empezar la misa de Viernes Santo en la Catedral de Lima. Era 1992 y el prelado ya había esperado un tiempo prudente al entonces presidente de la República, Alberto Fujimori. Solo faltaba él para empezar.
En el recinto se ignoraba el motivo de la demora, por lo que más de uno se quedó boquiabierto --periodistas incluidos-- cuando en lugar de Fujimori llegó presuroso su primer ministro, Óscar de la Puente. "Habría estado preparando algún discurso y por eso nunca llegó", comenta hoy un testigo de las palabras de Landázuri.
Si bien Fujimori no estuvo presente aquel día en los actos oficiales por Semana Santa, sí asistió en otros años, aunque más por tradición que por convicción. No era muy conocido --precisamente-- por su fervor religioso.
¿Pero, estuvieron o están obligados nuestros mandatarios a participar en esta importante celebración del calendario católico? Hay historiadores que hablan de dos momentos para explicar esta participación. Un hecho que podría marcar ese antes y ese después es el denominado Acuerdo entre la Santa Sede y la República del Perú firmado en Lima en julio de 1980.
El documento establecía la independencia de la Iglesia en relación con el Estado con el único afán de 'despolitizar' a la primera. Así lo precisa el historiador y sacerdote jesuita Armando Nieto. Antes de eso los obispos eran nombrados en el Congreso y hasta impuestos por el gobierno de turno.
Tan vinculados estaban que antes de la instalación del Congreso se acostumbraba ofrecer una misa Te Deum. Otro hecho que lo corrobora es la designación del religioso Francisco Javier de Luna Pizarro como presidente del primer Congreso Constituyente del país.
"Algunas veces (el gobierno) presentaba candidatos que no eran del gusto del Vaticano y al final este dejaba pasar el tiempo y no los consagraba", recuerda Nieto, quien deja claro que se trató de un acuerdo mutuo firmado también con otros países.
Antes de la firma, aquella estrecha relación marcó nuestra vida republicana y, claro está, las celebraciones de la también denominada Semana Mayor o Semana Grande. Era costumbre, por ejemplo, ver al presidente (desde José de La Mar hasta Manuel Prado) impecablemente vestido de frac y sombrero de tarro (copa alta) en los actos oficiales. Predominaba la solemnidad.
SANTOS ALMUERZOS
La ceremonia principal era la del Jueves Santo, caracterizada por el recorrido de las estaciones del Vía Crucis. Los limeños llevaban a sus hijos como hasta ahora a la Plaza Mayor para que no se perdieran ningún detalle.
Una vez que concluían los oficios en la Catedral se ofrecía en Palacio de Gobierno el tradicional almuerzo de Jueves Santo y Viernes Santo. Este era degustado por el presidente, ministros, edecanes y otros funcionarios invitados.
Crónicas de la época narran que en 1906, con José Pardo en el gobierno, el santo potaje fue preparado por las monjas de los conventos más importantes del Perú. El de Santa Clara se lució con un cebiche de corvina; el de La Concepción con un delicioso chupe a la limeña. El arroz con conchas atamalado estuvo a cargo del Santa Catalina y las torrejitas (se ignora cuál fue el ingrediente principal) quedaron en manos de las religiosas de La Encarnación. No faltaron el dulce, la fruta y el vino.
Después de la sobremesa el presidente y su comitiva visitaban las estaciones seguidos por una banda de músicos, una compañía del regimiento escolta y en medio del entusiasmo popular. El cordón de seguridad era mínimo.
DEL FRAC AL TERNO
Se dice que este gran protocolo terminó con la segunda gestión de Manuel Prado, una abrupta salida causada por el golpe de Estado que protagonizó Ricardo Pérez Godoy. Más tarde llegaría el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry. Con él se perdió un poco la solemnidad, pues optó por modernizar el atuendo para la ocasión. Cambió el frac por el terno.
"(Belaunde) era creyente y practicante. Se reunía con todos sus ministros previamente en Palacio de Gobierno y luego todos juntos asistían a la Catedral", recuerda quien fuera su ministro de Gobierno, Javier Alva Orlandini. Comenta que no había en el grupo ningún ateo y que tal vez ese fue un requisito que Belaunde tomó en cuenta a la hora de convocar a alguna personalidad en su Gabinete.
Aunque se pudiera pensar lo contrario, la tradición no se perdió con el presidente de facto Juan Velasco Alvarado, a quien también se lo llegó a ver en las misas de Semana Santa. No era católico, pero sí respetuoso de las costumbres de la Iglesia, según recuerda el padre Nieto. Un incidente aparte fue la orden de detención de su gobierno contra el ahora monseñor Luis Bambarén. Ocurrió durante las invasiones en Villa El Salvador. Ese hecho le costó el puesto a su ministro del Interior, Armando Artola.
No fue distinto durante el gobierno de Francisco Morales Bermúdez, quien firmara el mencionado acuerdo con el Vaticano. Este sí era católico practicante y hasta hoy se lo puede ver en misa junto con su esposa.
Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo intentaron mantener la costumbre, aunque en algún momento fallaron en el intento. Fujimori fue el que menos entusiasmo mostró, mientras que a Toledo el cardenal Juan Luis Cipriani le llamó la atención en el 2005 por dejar de asistir al sermón de las tres horas de Viernes Santo. No es un secreto que la relación de su esposa, Eliane Karp, con la Iglesia era más bien gélida.
Alan García asistió el año pasado a la misa del Domingo de Resurrección, aunque hasta el cierre de esta edición no estaba confirmada su asistencia para hoy. Ya no existe la obligación, pero las palabras de ánimo y aliento de una homilía jamás estarán de más para una persona que toma decisiones por un país.