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DEFENSA DEL CONSUMIDOR

¡No soporto a mis vecinos!

Calidad de vida cae drásticamente en la ciudad por ruidos molestos

Por Juan Carlos Cuadros Guedes

Domingo, 6:45 a.m., todos en el edificio duermen. Nadie, aparentemente, pretende levantarse todavía. Pero de pronto, la paz se interrumpe. Como nunca, el vecino del primer piso sale a comprar el pan y cierra apurado la puerta. Sus perros, un par de shitzú medio rabiosos, ladran hasta más no poder. Quieren salir con el dueño. Y para desgracia de los que aún quieren seguir durmiendo, los demás perros de la cuadra se unen al coro de ladridos, sacando cada cual su mejor do de pecho.

Como era de suponerse, el matutino concierto canino arrancó más de un reclamo entre los vecinos, y, por qué no decirlo, hasta más de una palabrota en contra de quien originó el escándalo.

Lo narrado hasta aquí no es producto de la imaginación. Es una de las tantas escenas que se observan en casi todos los edificios de Lima y forman parte de la vida diaria de muchos seres inocentes que optaron por un departamento para vivir en paz el resto de sus vidas. ¡Qué utopía!

DIGNOS DE RIPLEY
Aunque usted no lo crea, hay casos aun más infelices. El de Juan es uno de ellos. Joven, administrador, con 30 años y un futuro por delante, logró con mucho esfuerzo ahorrar para pagar la cuota inicial de un departamento en el tercer piso de un edificio en La Molina. Se casó, pero el sueño del hogar feliz no le duraría mucho, ya que a la semana siguiente de su matrimonio, el vecino del segundo piso decide mudarse y vender su departamento a una familia amante del reggaetón y de las jaranas nocturnas.

Una semana sí, una semana no. El departamento 202 se convierte en un centro de diversión donde abunda la cerveza, el trago corto, las lisuras y las carcajadas escandalosas. Y, a menos que se saque la lotería, el martirio le durará, mínimo, 15 años, hasta que termine de pagar la última cuota de su departamento.

Otro es el caso de Luis y Fabiola, una pareja de recién casados que se fueron a vivir a un departamento en Miraflores. El niño que vive frente a su departamento, en el mismo piso, es malcriado y todo el día salta y juega con la pelota dentro del edificio. "Hemos hablado con sus padres, pero no hacen nada y hasta dicen que, al ser propietarios, ellos pueden hacer lo que les venga en gana, incluso hasta fumar como chino en quiebra en los pasillos", señala Luis.

JUNTA DE PROPIETARIOS
¿Qué se puede hacer ante un vecino ruidoso? Los expertos recomiendan siempre el diálogo cordial y amistoso como primer paso. Ahora bien, si no tiene éxito y sale maltratado, según el Régimen de Propiedad Exclusiva y Común --cuyo reglamento se encuentra en la Sección III del Decreto Supremo N° 008-2000-MTC--, si un vecino genera molestias, el que las padece puede solicitar a la junta de propietarios que requiera a este para que cese su comportamiento.

Y si a pesar de ello las molestias continúan, la junta de propietarios puede convocar a una sesión extraordinaria para evaluar si se toman acciones contra el vecino ruidoso.

LAS NORMAS DEBEN CUMPLIRSE
Además de una ordenanza metropolitana, cada distrito cuenta hoy con sus propias normas contra los ruidos molestos. Sin embargo, hay quienes creen que estas son insuficientes y que se requiere una norma de rango mayor que ponga orden.

Y no crea que el ruido se da solo en las zonas populosas. En La Molina, Santiago de Surco, San Borja, Miraflores y Pueblo Libre, el problema supera hoy los límites de la imaginación.

ENFOQUE
JUAN CARLOS CUADROS. Periodista

Bajo el amparo del derecho
El derecho a la diversión se enfrenta permanentemente con el derecho al descanso. Y aunque piense lo contrario, no es en las zonas populosas donde se presentan los mayores problemas, sino en las residenciales, donde muchos vecinos dicen estar cansados de las fiestas que se organizan con regularidad y hasta la salida del sol.

Según el Reglamento de Estándares Nacionales de Calidad Ambiental para el Ruido, aprobado en octubre de 2003, en una zona residencial, a partir de las 10 de la noche, los decibeles no pueden ser más de 50. Más claro que el agua, imposible.

Usted tiene derechos y debe hacerlos respetar. Si habló con sus vecinos y no le hacen caso, la solución no es mudarse ni tampoco buscar firmas que lo respalden. Llame al serenazgo y, simplemente, que los hagan callar.

Se estima que una fiesta nocturna, con música, luces y efectos especiales, alcanza un volumen promedio de 110 decibeles, mucho más de lo que aceptan las normas al respecto. Los serenos tienen autoridad para pedirles a sus vecinos que bajen el volumen y se comporten como gente. Si no lo hacen, recibirán una multa (que varía según el distrito).

Lo mejor es actuar en forma civilizada y recordar siempre que el ejercicio de los derechos de uno termina allí donde comienzan los derechos de los demás.

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