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CARTAS DEL FIN DEL MUNDO

El lejano Oeste

Por Maki Miró Quesada

Sopla un viento frío cordillerano, el viento que los locales llaman el Traun y que viene del oeste, bien distinto al Puelche ese viento cálido y húmedo que viene de la pampa --la gente dice que ese es un viento malo, perfecto para cometer crímenes impunemente, igual al 'feohn' el viento pegajoso que vuelve locos a los suizos, si tal cosa es posible.

En perfecto equilibrio patagónico el aire tiene nombre alemán y tehuelche el idioma de la tribu nativa que precedió a los mapuches; estos llegaron mucho más tarde de Chile cuando ya el ejército argentino había exterminado a los tehuelches durante la conquista del desierto en el siglo XIX. Por las calles del pueblo circulan lentamente las 4 x 4 cubiertas de barro, con las lunas bajas por donde sale la música country que dispensa 'Radio de la montaña', los perros atrás en la maletera. Todas las calles son de doble sentido menos la calle principal que corre hacia el lago. Los autos se paran en las esquinas para conversar con los que van a pie y fuera del casco urbano todo el mundo se saluda de carro a carro. En el pueblo no hay un solo semáforo, motivo de gran orgullo para los habitantes de San Martín de los Andes que no dejan de contárselo al turista a la primera ocasión. Jeans y botas altas son de cajón, mucho sun-block y un sombrero de ala ancha para protegerse del sol que quema igual invierno y verano (¿el hueco en el ozono?). Los gauchos, sin sun-block, van de bombacha y bota corta, la rastra con monedas de plata a la cintura y el facón para cortar la carne enfundado en la parte de atrás. Descubro que aquí la ropa de París a) no sirve para nada (adiós Manolos y Prada, au revoir Hermès y Louis Vuitton, ciao Armani y DG; b) la que sí sirve no me la pondría en París ni muerta. Reciclaje inmediato de viejos sacos comprados hace 10 años en boutiques de segunda (y tercera), de pantalones con el corte pasado de moda listos para ser regalados, de zapatos chatos con la punta equivocada, aquí todo es bueno. Mi amable marido, con infaltable galantería europea dice que así y todo a la legua se nota a la parisina. (Adorable, pero inexacto. En París cualquiera de esas tenidas le garantiza a la portadora un exilio permanente ipso facto al segundo piso de 'l'Avenue').

No todo está perdido. Se puede sacar a la chola francesa de París pero la fashionista no muere así como así de fácil. El shopping-radar funcionando como periscopio de submarino en tiempo de guerra rápidamente ubico a 'Cardon' ('Cosas nuestras') con una línea de ropa country-chic canchera (léase 'trendy') igual a la que proponen para ir a caballo o de pesca en Montana los catálogos de 'Polo Ralph Lauren', en pesos en vez de dólares más vale, aunque el dólar ya no es una referencia para nada. Muy orgullosa con el hallazgo hago provisión de faldas con flecos tipo cow-girl, camisas de estilo estanciero, chalecos de equitación ('¿caballo, yo? Ni muerta'.) Después me entero de que en la Argentina hay boutiques 'Cardon' hasta en el aeropuerto. A la vuelta de 'Cardon' encuentro 'La Oveja Negra' donde entre chompas tejidas a mano --'not my cup of tea'-- descubro un par de botas bárbaras en gamuza verde, con cuentas y plumas, iguales a las vistas por Internet en el último desfile en Milán. Frente a la plaza en 'Arte Nativo' hay polos de algodón estampados con pinturas rupestres y unas carteras divinas con --más-- plumas. (Suerte lo de las plumas. Aquí parece que se venden todo el año, en Europa solo se usarán este invierno paciencia).

Por lo demás San Martín de los Andes no es muy distinto al resto del mundo. La mitad del tiempo uno se la pasa en el supermercado empujando el carrito y aprendiendo los nombres de los detergentes locales. Pero a diferencia de París todo el mundo tutea a todo el mundo; el tapicero y el carpintero se despiden con beso (uno despistada disimula rápido la mano extendida) y la señora de la verdulería da crédito sin que se lo pidan.

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