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DEL EDITOR

Volvieron las cacerolas

Por Virginia Rosas

El ruido trajo reminiscencias del 'corralito' del 2001, cuando miles de ahorristas tomaban las calles, cacerolas en mano, para reclamar que se desbloqueara su dinero atrapado en los bancos. La luna de miel de Cristina Kirchner terminó a poco más de cien días de su gobierno, cuando las cacerolas volvieron a romper el silencio alrededor de la Plaza de Mayo y de su residencia de Los Olivos.

Las protestas en el campo habían comenzado dos semanas antes --con bloqueos de carreteras-- para reclamar contra el alza de los tributos a la exportación de soya del 35% al 44%. La soya es el principal producto de exportación de Argentina, la cosecha de este año llega a los 24 mil millones de dólares. Pero no fue hasta el martes, cuando en Buenos Aires sonaron los cacerolazos y la ciudad corría el riesgo de desabastecimiento, que comenzaron los enfrentamientos.

La postura arrogante de la presidenta, que con un rotundo: "No me voy a someter a ninguna extorsión" se mostró reacia a todo diálogo, no hizo sino agravar la polarización. Ayudó a azuzar el fuego el que el Gobierno enviara sus fuerzas de choque a enfrentarse a los manifestantes y golpeara a algunos de ellos.

La pareja presidencial argentina maneja un discurso trasnochado de izquierdas y derechas, de peronistas y antiperonistas que no permite ningún consenso. Cristina Kirchner describió a los huelguistas como unos egoístas terratenientes que se movilizan en sus 4x4.

Olvida la presidenta que junto a los diez mil hacendados más poderosos del país protestan más de cien mil pequeños productores que son los más afectados con las nuevas tasas impositivas.

El gobierno de Cristina es calco y copia del de Néstor. Existe, sin embargo, una sola diferencia: Cristina cree que por ser mujer le faltarán más el respeto y por eso se envalentona cuando se dirige al pueblo. Cree que escuchar, negociar o conciliar la harán parecer débil y esa idea la paraliza.

Pero en vez de ayudarla el primer cónyuge de la nación, Néstor Kirchner, promueve manifestaciones en las que su esposa olvida que es la presidenta de todos los argentinos y los enfrenta unos contra otros.

Resulta evidente que los cacerolazos de la semana pasada no solo expresan solidaridad con los productores agropecuarios, sino que reflejan un descontento cada vez mayor hacia una forma autoritaria de gobernar que ya Néstor había inaugurado en la Casa Rosada y que su esposa se esmera en continuar.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos --que fue intervenido por Kirchner el año pasado-- señala que la inflación del 2007 fue de un solo dígito, mientras que las encuestadoras privadas insisten en que el alza de precios llegó al 20%.

El paro se levantó el viernes a iniciativa de los agricultores, pero el mensaje a la presidenta ha sido claro: las cacerolas sonarán una y mil veces. Una clase media que ya sobrevivió el 'corralito' y que no está dispuesta a que la manipulen más con cifras trucadas se lo recordará siempre .

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