Por: Franco Giuffra. Analista |
"Vengo llegando", como dicen hermosamente en la sierra, de unas vacaciones en 'gringolandia'. Impresiona siempre el progreso material y el funcionamiento social de ese país, visibles en la infraestructura vial, el tránsito y las edificaciones. En realidad, no creo que necesitemos todo eso para ser un país feliz, pero cuán bien nos haría un poco de ese desarrollo y qué alentador saber que otras naciones en el planeta han alcanzado el progreso en el lapso de una generación.
¿Cuáles son las palancas y botones que debemos mover y apretar para disparar el desarrollo? ¿El mercado de capitales, el imperio de la ley, la administración de justicia, los derechos de propiedad, la responsabilidad frente a terceros? En esa magia estaba --como escribió Borges-- cuando me sorprendió la Sunat.
En estos días, efectivamente, todas las empresas del país padecen apremios para terminar de adecuarse al nuevo sistema de planillas electrónicas denominado RTPS, un joint venture de última generación ideado por la Sunat y el Ministerio de Trabajo.
La adecuación, en verdad, empezó hace más de dos años, cuando el ministerio estableció una versión 'reloaded' del conocido Programa de Declaración Telemática (PDT 600), a través del cual las empresas reportan mensualmente su información de planillas, empleados, pagos y contribuciones sociales. La nueva versión incluía toneladas de información innecesaria de reportar, como el grado académico de los hijos, el celular del empleado y el nombre del hueso fracturado en un accidente de trabajo, además de otras decenas de datos perfectamente inútiles para fiscalizar el cumplimiento laboral o el pago de obligaciones e impuestos. Nombres, direcciones de los dependientes, números de cuenta, correo electrónico y mil cosas más de todos los trabajadores, emisores de recibos por honorarios, practicantes, services, etc., es decir, la delicia de un planificador social: un censo completo todos los meses, generosamente sufragado por los empleadores.
Lo que ha seguido ha sido una realidad penosa de precisiones y correcciones, prórrogas y modificaciones. A tal punto que, con posterioridad a la norma original de diciembre de 2005, tres decretos supremos han postergado sucesivamente la vigencia, condiciones y requisitos de esta nueva forma de declaración. Cuatro decretos para normar de manera diferente una misma cosa en 24 meses.
Sin considerar adecuadamente que las empresas modernas utilizan computadoras y sistemas informáticos, y que deben hacer adecuaciones y pruebas de mucha complejidad, la autoridad ha seguido haciendo cambios de última hora a la estructura de los archivos, muchas veces como reacción improvisada frente a llamadas de una u otra empresa reportando problemas para cumplir con lo exigido; muchas veces sin avisar qué modificación se había introducido.
Seguramente este entuerto se planchará en los próximos meses, se simplificará el procedimiento, se reducirán las horas que hoy demora aplicar todos los programas exigidos, brillará algo de razonabilidad y volverá a reinar nuestra manera tan especial de ejercer la peruanidad. Ojalá.
En el camino, sin embargo, cuánto esfuerzo perdido en adecuaciones inútiles, cuánta habilidad para imponer trabas y complicaciones, cuánta certeza y puntería para desalentar aun más la formalidad. Sigue siendo muy poco lo que hemos avanzado para deshacernos de ese estado indolente que camina ciego frente a los infinitos trámites y requisitos que imponen un lastre desalentador al desarrollo de las empresas y a la creación de empleo.
Cuánto sobran en la administración pública los profesionales de escritorio que nunca han pagado una letra o contratado un empleado o exportado un caramelo. Cuánto faltan los gestores e ingenieros privados que podrían desmontar mucho de ese tinglado de normativas y procesos absurdos y antidesarrollo.
Sigo sin tener claro cuáles son los mecanismos clave y decisivos que aceleran el progreso material de una nación pobre. Seguramente seguiré en ese trompo mental en el que ya llevo años. La primera semana posvacaciones, sin embargo, me ha recordado al menos el tipo de cosas que no hay que hacer si queremos en verdad creernos el cuento del TLC, el APEC y todas esas siglas esperanzadoras.