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Una peligrosa búsqueda en la frontera

Informe EL SUEÑO AMERICANO ROTO

Por Silvia Mendoza Martínez

"Es muy difícil seguir viviendo con un desaparecido en la familia". Lo dice --y con conocimiento de causa-- José Rodríguez Lava, quien hace casi cuatro años despidió a su hijo en el aeropuerto Jorge Chávez, sin saber que tal vez sería la última vez que lo vería.

El hijo mayor de la familia Rodríguez Arizmendi, José Luis, tomó un avión con rumbo a Bogotá el 27 de setiembre del 2004, junto con Hugo Matheus del Castillo, un amigo cercano que lo animó a iniciar un recorrido, aparentemente sencillo, que los conduciría hasta Estados Unidos. Pero algo salió mal en el camino. José Luis no volvió a llamar a casa desde que la mañana del 1 de octubre conversó con su progenitora, Ernestina Arizmendi, y luego de despedirse le pidió: "Mamá, no agarres todavía mi cuarto". Tal vez José Luis ya era consciente para ese momento de lo peligroso que resulta probar suerte por ruta terrestre hacia Centroamérica y más aun por la convulsionada frontera colombo-panameña, escenario durante décadas de las operaciones de grupos terroristas colombianos, como las FARC y los paramilitares.

Tras la última conversación con José Luis vino la angustia para la familia Rodríguez Arizmendi, más aun al saberse solos sin siquiera el apoyo del Estado, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, pues sus pedidos de ayuda fueron rechazados porque en la Subsecretaría de Comunidades Peruanas en el Exterior "dijeron que solo recibían denuncias de personas con un año, como mínimo, de estar desaparecidas".

Puesto que la situación era apremiante, Rodríguez Lava decidió iniciar acciones por su cuenta, se puso en contacto con la familia de Matheus del Castillo, acudió a la Cruz Roja Internacional y también a la embajada panameña en Lima. Paradójicamente --dice-- recibió mejor atención de los diplomáticos panameños en nuestro país, así obtuvo una visa para ingresar al país centroamericano y algunos consejos para iniciar su búsqueda.

"Con el papá de Hugo nos repartimos la búsqueda, él debía cubrir el tramo desde Bogotá hasta la frontera y yo desde Panamá en adelante, así íbamos a avanzar para recorrer todo el trayecto buscándolos", comenta José Rodríguez en su casa de San Juan de Miraflores. Pero "la familia de Matheus nos engañó, no hizo su parte, de repente el papá de Hugo se dio cuenta de que era peligroso el viaje y se regresó de Bogotá", agrega. Pese al contratiempo, viajó con la esperanza de encontrar a José Luis en Ciudad de Panamá. Tras obtener la autorización y a pesar de las advertencias que recibió de las autoridades, recorrió infructuosamente todas las peligrosas cárceles de la ciudad con la esperanza de "encontrarlo detenido como inmigrante ilegal".

Tras el fracaso inicial, tomó un vuelo hacia puerto Obaldía, el último punto de control migratorio del lado panameño. "Desde allí "crucé en balsa hacia Colombia, al pueblo de Capurganá, en ese lugar me dijeron que mi hijo podía estar con las FARC", recuerda. Si bien en Panamá ya había tenido que sortear algunas peripecias --como ser impedido de atravesar el Darién desde la localidad de La Palma porque la policía no podía garantizar su seguridad-- fue recién en este pueblo sintió en carne propia el peligro que su hijo había enfrentado año y medio antes.

"Desde que llegamos --José Rodríguez recorrió la frontera con la ayuda de un guía panameño-- nos comenzaron a observar y nos seguían a todos lados". Temiendo por su vida, asentó la denuncia de la desaparición de José Luis y dejó prueba de su presencia ante la policía y la fiscalía porque "si la vida es muy difícil con un desaparecido en la familia, con dos sería imposible". Si bien esta medida pudo haber asegurado su propio regreso, también tuvo efectos contraproducentes más adelante.

Las primeras indagaciones le permitieron reconstruir el viaje de su hijo: José Luis hizo el viaje por avión hasta Medellín, luego llegó por mar hasta Capurganá y desde esta localidad intentó cruzar a Panamá, "pero lo deben haber regresado, porque en el lado panameño hay un fuerte control, no dejan pasar a nadie que no tenga la visa, por eso debe haber decidido cruzar la frontera por la trocha desde Acandí", asegura el atribulado padre, quien también comprobó que los lugareños suelen decir a los osados que llegan hasta la zona que es fácil burlar a las autoridades panameñas e ingresar ilegalmente a ese país. También en Capurganá, Rodríguez Lava contactó con una persona que se ofreció a arreglarle una entrevista con un comandante de las FARC: "Me dijo que no me preocupara, que si José Luis estaba con ellos, lo iba a poder encontrar y que esa persona me iba a ayudar". Pero ante la alarma desatada en el pueblo por sus denuncias ante las autoridades, el contacto se retractó y le advirtió que "corría peligro si seguía haciendo preguntas".

Pese a todo siguió camino a Acandí, donde varias personas confirmaron la presencia de José Luis y Hugo, pero no le pudieron dar más pistas, solo que el 'coyote' que los contactó se hacía llamar 'René', que al parecer les cobró 170 dólares por acompañarlos a cruzar la frontera, y que se pertrecharon de comida y bebidas antes de iniciar la caminata de tres días. En esta localidad, Rodríguez Lava recibió la segunda amenaza de muerte, esta vez a través del policía que lo resguardaba: "Me dijo que ya no me iba a seguir acompañando porque hasta la vida de él corría peligro".

RASTROS INCIERTOS
Hasta aquí llegan las huellas dejadas por José Luis y Hugo, nadie sabe a ciencia cierta qué les sucedió después. Según Rodríguez Lava, su hijo está en manos de las FARC "porque él arregló una computadora en Capurganá y los lugareños me dijeron que (los subversivos) se llevan a las personas que saben de computadoras".

Pero la realidad parece contradecir sus esperanzas, pues según pudo conocer la corresponsal de El Comercio en Colombia, la zona del Darién es controlada por un bloque paramilitar desde 1996 y en los medios de ese país se sabe que estos grupos de ultraderecha optan por desaparecer a las personas que capturan, mas no los mantienen como rehenes, como sí hacen las FARC. Pero, según informó la Subsecretaría de Comunidades Peruanas en el Exterior, la Cruz Roja de Colombia descartó la presencia de ambos jóvenes dentro de los miles de secuestrados que mantienen los subversivos. Además, siempre cabe la posibilidad de que el 'coyote' que los contactó les haya tendido una trampa para robarles el dinero que portaban, que en el caso de José Luis ascendía a 1.500 dólares.

Aun así, Rodríguez Lava confía en que su hijo está vivo y deplora que la investigación en Acandí se haya suspendido (el 15 de enero del 2007), pese a que "yo di las direcciones de las personas que reconocieron a mi hijo y las señas del 'coyote' que lo contactó, pero nada se puede hacer sin apoyo de la cancillería y lamentablemente estamos solos".

Al respecto, el diplomático José Cossío reconoció las limitaciones de la dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero desestimó una presunta falta de interés. Por el contrario, afirmó que no es posible seguir el rastro de una persona en tránsito "si es que no ha sufrido alguna desgracia y ha sido atendida en algún hospital, o si ha tenido problemas con las autoridades y terminó en una cárcel, menos aun si no tiene una tarjeta de crédito que pueda dar indicios de su ubicación. Es simplemente imposible, ningún país del mundo ni los más avanzados podrían ubicarla".

Tras la desaparición de su hijo, José Rodríguez Lava inició su búsqueda en la peligrosa frontera colombo-panameña. Allí obtuvo indicios de su estadía, pero también vio su vida en peligro

Los inhóspitos senderos del Darién*
BOGOTÁ. La odisea de la mayoría de peruanos y ecuatorianos que intentan llegar a Estados Unidos por la frontera colombo-panameña se inicia en el puente Rumichaca, paso fronterizo entre Ecuador y Colombia, donde obtienen una visa de turista que les permite movilizarse por este país. Por carretera, y tras 18 horas de viaje llegan a Bogotá y nueve horas más tarde a Medellín, para de ahí tomar otro ómnibus que los lleva hasta el municipio de Turbo, al este del golfo de Urabá, desde donde abordan una panga (lancha de madera con el motor fuera de borda) hasta Acandí.

Otra ruta utilizada por los inmigrantes ilegales es la que de Turbo llega a Capurganá para luego tomar una lancha que en 15 minutos llega a Sapzurro, la última población colombiana. Desde aquí, por un camino más corto se puede cruzar a la población de La Miel o tratar de pasar de noche en lancha hasta el puerto Obaldía, una ciudad panameña que cuenta con aeropuerto, donde unas avionetas cobran 100 dólares para trasladarlos a la capital del país.

El Comercio comprobó que esta ruta es custodiada por la policía de ambos países, lo que hace casi imposible franquearla. Asimismo, se puede observar que en Capurganá, donde se sella la salida de Colombia, las autoridades exigen solo a los ciudadanos peruanos y ecuatorianos que la visa a Panamá les haya sido expedida en Lima o Quito, además de la presentación de 1.000 dólares en efectivo, requisitos que no son necesarios para ciudadanos de otras nacionalidades.
* Susan Abad. Enviada especial

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