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Análisis

China y el fantasma de Múnich

Por Luis Jaime Cisneros Hamann. Periodista

La cuenta regresiva hacia los Juegos Olímpicos de Beijing de agosto 2008 sigue su curso. Y las protestas en el Tíbet y el tono firme de las autoridades chinas en el tema de los derechos humanos sugieren que no habrá marcha atrás en las medidas represivas contra los manifestantes tibetanos, que buscan llamar la atención de la prensa internacional para denunciar lo que califican como un atentado contra su identidad cultural.

Los llamados de los seguidores del Dalai Lama y de las potencias occidentales a un diálogo entre el líder espiritual de los budistas tibetanos y el régimen del presidente Hu Jintao no hallaron eco, ante la negativa de Beijing de habilitar un canal de comunicación que contribuya a disminuir la tensión en alza desde el 10 de marzo.

A su vez, la posibilidad de un boicot a las famosas Olimpiadas se descartó en nombre del supuesto carácter apolítico del deporte, como recordó el Comité Olímpico Internacional y el propio Gobierno Chino. Claro que vale la pena recordar que fue la no menos famosa diplomacia del pimpón con la que Henry Kissinger dio una vuelta de tuerca a la política exterior de Estados Unidos y en 1972 acercó su país a China, en un acto que se selló en el más espectacular y cálido apretón de manos de la Guerra Fría entre el conservador Richard Nixon y el camarada Mao en medio de la pataleta de Moscú.

Pese a ello, la idea de un boicot restringido a la ceremonia de inauguración persiste en algunas delegaciones deportivas, como Francia, donde más del 40% de los atletas que asistirán se expresó a favor de esa opción según un sondeo difundido en París. El termómetro de la tensión lo está dando, sin embargo, el recorrido hacia Beijing de la antorcha olímpica por diversos países europeos, donde se han convocado actos de protesta en rechazo a la intolerancia del régimen comunista.

Francia parece jugar un rol relevante en esta batalla de conciencias, a juzgar por la decisión de la alcaldía socialista de París de colocar una banderola con el mensaje "París defiende los derechos humanos en todo el mundo" en la sede municipal, al paso de la llama este 7 de abril. Una decisión que se suma a la del propio gobierno del neoconservador Nicolas Sarkozy, de consultar a la Unión Europea un eventual boicot a la inauguración y que refleja la creciente preocupación francesa por un tema humanitario que no puede estar supeditado a la política comercial y los negocios.

El silencio mayoritario de Occidente por la represión en el Tíbet ha revivido además un fantasma de la historia europea: el pacto de Múnich de setiembre de 1938, cuando Francia y el Reino Unido le dieron un cheque en blanco a Hitler para que concretara sus pretensiones de anexar el territorio de los Sudetes en Checoslovaquia, alegando que la población era mayoritariamente alemana.

El desastroso acuerdo negociado por el primer ministro inglés, Arthur Neville Chamberlain, y su par francés, Edouard Daladier, en nombre de la paz y el honor solo consiguió retrasar el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pero ese acuerdo demostró, sobre todo, que la política de mano extendida hacia los gobiernos totalitarios tiene un efecto pernicioso. Si Londres y París se hubiesen puesto firmes con Hitler, es probable que no hubiese estallado la Segunda Guerra Mundial, puesto que el ejército alemán no estaba bien equipado en ese momento. Hitler ganó tiempo, Francia y el Reino Unido, el deshonor y la guerra.

Hoy la comunidad internacional está a tiempo de evitar que ese fantasma vuelva a recorrer el mundo, ejerciendo presión sobre Beijing ante la perspectiva de que China se convierta a mediano plazo en una de las principales potencias del mundo, sino la primera. Y Occidente está a tiempo porque China no dispone aún de recursos suficientes para ello y no puede todavía imponer su hegemonía. Si no hay presión, China insistirá, como ya lo hizo ante Estados Unidos, a que los países respalden su política de mano dura contra los tibetanos y que dejen de apoyar al Dalai Lama. Y si ello no ocurre en el futuro, China sentirá que goza de libertad para pasar por encima de los derechos humanos. Y su ejemplo será imitado.

Los acontecimientos apuntan en esa dirección: la percepción de que China endurecerá la mano hacia los disidentes franqueó una etapa más el jueves cuando la justicia de ese país condenó a tres años y medio de prisión y un año de privación de "derechos políticos" a Hu Jia, al acusarlo de subversión por opinar en contra del Gobierno, según denunciaron Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Hu había declarado que Beijing no estaba cumpliendo los compromisos en favor de los derechos humanos que adoptó para lograr la organización de los Juegos Olímpicos del 2008, como una mayor libertad de información en el acceso a Internet.

La próxima visita de la presidenta de Chile a Beijing el 11 de abril ayudará a conocer mejor la posición de América Latina en esta compleja coyuntura, donde hasta ahora otros países de la región, como el Perú y Venezuela, privilegian la relación comercial al margen del respeto a los derechos humanos.

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