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El patito feo que ahora se luce en la laguna

Por: Juan Paredes Castro |

¿Qué hace que este patito feo tan impopular y venido a menos resulte de pronto tan simpático y se pasee orondo en la gran laguna del recelo y la desconfianza en los tribunales?

Algunos no quieren creer lo que ven. Otros, que se llenaron la boca con el argumento de que la extradición del ex presidente Alberto Fujimori no debería proceder por la honda desconfianza que inspiraba la justicia, guardan profundo silencio.

El desconcierto es mayor cuando lo que salta a la vista de la opinión pública es el contraste entre lo que son capaces de hacer algunos pocos pero eficientes y honestos jueces, fiscales y procuradores y lo que todavía exhibe la administración de justicia, en general, en su lenta marcha al encuentro de una reforma constitucional que Francisco Távara impulsa y el Congreso encarpeta todo el tiempo.

El simpático patito feo no viene de ahora último. Aunque ya se batía tímidamente en tierra, fue el ex presidente de transición Valentín Paniagua quien lo echó a la laguna, para que aprendiera allí a moverse por su propia cuenta y riesgo.

¡Y en qué laguna de aquellos días! ¡En el de la mismísima lucha anticorrupción!

Todos recordamos que en principio este patito feo fue una combinación extraordinaria de jueces, fiscales y procuradores que, por supuesto, hubiera muerto ahogado al primer movimiento, si el Gobierno y el Congreso de entonces no hubieran legislado y tomado decisiones rápidas para evitar que la mayoría de los capos de la corrupción, comenzando por Vladimiro Montesinos, huyeran a sus respectivos paraísos de fortuna financiera, como algunos lo hicieron.

Si algo le deben la moral y la justicia del país a la transición presidencial de Paniagua, fue precisamente los cimientos que este puso a la estructura anticorrupción. Algo de aquella estructura parece hoy reflejarse en el bien conducido juicio a Fujimori y en los aprestos correspondientes al igualmente prolongado proceso judicial contra Antauro Humala por su responsabilidad directa en la toma a sangre y fuego de la comisaría de Andahuaylas.

El juicio a Fujimori se convierte en un buen ejemplo para el mundo en un país irónicamente con una justicia en crisis no solo porque ejerza respeto escrupuloso por los derechos del acusado y la defensa y de los correspondientes a la acusación fiscal y las procuradurías, sino también porque su conducción ha recaído en la autoridad ideal y esta ha comprendido el valor de su responsabilidad no solo profesional y ética, sino también histórica.

Ahí está, pues, el simpático patito feo de la justicia, arremolinándose frente a sus creyentes y escépticos espectadores.

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