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¿Nos hemos desviado del objetivo?

Por: Juan Paredes Castro |

El país de paradojas que siempre ha sido el Perú suma ahora a su experiencia la dramática confusión de no saber qué hacer frente a la criminalidad dentro del Estado.

La confusión se agrava no solo porque los medios empleados hasta hoy en la lucha contra la corrupción se han vuelto pobres e ineficaces, sino porque la hermana menor de esta, la impunidad, se ha hecho mucho más fuerte, al haber sofisticado el uso del poder político (el voto popular y sus inmunidades, por ejemplo) y los mecanismos administrativos e institucionales del Estado para levantar barreras infranqueables frente al control, la fiscalización, la investigación y la judicialización de un tipo de criminalidad que se rodea, además, de espíritus de cuerpo que llegan hasta la inmolación por el otro.

Supongamos que nos quedara claro que la lucha contra la corrupción, para tener algo de dignidad, tendría que incluir la lucha contra la impunidad. ¿Pero cómo demonios enfrentarla desde un Congreso de la República que se vale de artimañas nunca penadas, siempre toleradas, para amparar delitos penales de sus miembros y encima dejar a todos atónitos sin ninguna explicación? ¿Cómo no sentir impotencia frente a un juez que tiene delante de sí a un reo contumaz y no solo no ordena su detención sino que no le lee su sentencia judicial como manda la ley? ¿Cómo pensar en una reforma del Estado con estructuras de corrupción intocables en los ministerios, allí donde no llegan los ojos ni los oídos de los gobernantes, pero donde a la pesca a río revuelto de concursos de precios, licitaciones, sobrevaluaciones y subvaluaciones solo le falta la música de fondo de una ópera bufa?

Si la impunidad se ha instalado en los sillones mullidos del Congreso no será fácil arrancarla de raíz hasta las elecciones del 2011. Y eso si es que entonces no se instala otra peor. La hazaña final todavía podría librarla Luis Gonzales Posada, si es que entiende que lo que necesita es construir voluntad política de cambio inclusive entre los propios protectores de la corrupción.

Mucho ojo, señores del Gobierno, del Congreso, de las presidenciales regionales, de las instituciones de control y regulación. La impunidad ganada día a día por la criminalidad dentro del Estado es la peor alerta roja para nuestro crecimiento económico y nuestro desarrollo social. Junto a las señales de confianza que nos brinda el mundo competitivo de hoy estamos perdiendo, a causa de la impunidad, aquellas otras que provienen de la mirada puesta en nuestra estabilidad política y jurídica y en el comportamiento del Estado.

A la Oficina Nacional Anticorrupción le falta una palabra. Debería llamarse Oficina Nacional Anticorrupción y Antiimpunidad (ONAA).

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