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Con el alma en los libros

RECONOCIMIENTOS. El poeta, traductor y editor Ricardo Silva-Santisteban ha sido condecorado por el Gobierno Francés como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. El honor internacional es un premio a uno de los más fértiles apasionados por la literatura.

Por Miguel Cárdenas M.

Ricardo Silva-Santisteban parece un hombre secreto, salido de la novela "Farenheit 451" de Ray Bradbury. En esta, una dictadura totalizadora decreta que los libros causan la infelicidad y lo peor: provocan que los hombres en lugar de ser iguales y mediáticamente estandarizados se vuelvan diferentes y originales. Solo unos pocos huyen a un bosque oculto donde caminan memorizando las obras clásicas de la literatura --esas que, nada menos, te cambian la vida--, soñando que algún utópico día volverían a editarse.

En una época en que se adivina el futuro en los códigos electrónicos, "jamás me veo leyendo un libro en una computadora", la biblioteca de Silva-Santisteban es como ese bosque en el que se humanizan los libros. Ricardo debe ser el editor, traductor y estudioso literario más prolífico del país. Publica con admirable constancia --con la editorial de la PUCP--, en un país en que todos nos quejamos de la 'incultura' institucionalizada. "Yo siempre he pensado que una cosa que ha faltado en el Perú han sido editores, uno ve en México el Fondo de Cultura Económica, en Argentina están Emecé, Sur y otras... necesitamos vencer la desidia".

La suya es una historia de amor mítico por los libros. Tiene que haber surgido en su niñez.
Sí, yo comencé a leer desde muy pequeño. A los 8 años, mi hermano me regaló unos folletitos argentinos de 20 páginas con cuentos clásicos que continuaban en partes y que curiosamente se vendían en la panadería de mi barrio, en San Miguel, frente a la comisaría, al final del paradero del tranvía. Eran cómics que en mi época les decíamos chistes, donde también leía Superman y el Llanero Solitario...

Fue su hermano... ¿y a qué se dedicaba su padre?
Mi papá era policía, PIP. Pero leía y escuchaba música clásica. Mi madre trabajaba en casa. Yo he tenido muy poca relación con la familia. Con Fernando Silva-Santisteban, el antropólogo, nos hemos conocido de viejos, cuando era director de la Casa de la Cultura.

¿Para amar la literatura y los libros hay que ser un orgulloso solitario?
Sí, porque se necesita mucho tiempo. Con la vida moderna es muy complicado leer libros extensos. ..

¿En el colegio hubo algún profesor que lo inspirara?
Ninguno. Comencé en el Claretiano, luego en el Faustino Sánchez Carrión, y después me fui a una gran unidad escolar en Tacna un año, donde estaba mi padre. Al volver, estudié en un colegio de Magdalena que se llamaba Tomás Alva Edison... Recuerdo que me iba a una librería por el jirón Puno para encontrar la colección Sopena.

Siempre hay un libro fundador de la pasión...
Sí, fue en Tacna, cuando compré "Los tres mosqueteros". Tenía unas 500 páginas, hasta ahora lo tengo, y me leía como 100 páginas diarias en época de exámenes finales, fue tal la atracción y el magnetismo que me lo devoré. Regresé a Lima y leí "Los tres mosqueteros. Veinte años después" y toda la saga completa. Ahí fue cuando obtuve por primera vez un gozo infinito. A veces hay libros que uno los lee de joven y después piensa que no resisten el tiempo. Por ejemplo "Quo Vadis", lo encontré en un librero de viejo y me devoré el libro con la misma pasión de juventud. Y hay libros que uno los comienza, pero que los deja y los deja y no los puede leer. Eso me pasó con "Los miserables" de Víctor Hugo.

¿Leer "Los tres mosqueteros" traducido al español lo llevó a querer aprender el original, el francés?
Quise aprender francés para leer a Mallarmé, tendría 18 años. Leí sus poemas y me parecían extraordinarios. Encontraba que él era el Poeta, con mayúsculas...

Si empezó con la prosa, ¿cómo llegó a la poesía?
A través de Homero. Leí "La Ilíada" en verso y esa lectura fue fundamental, me di cuenta de la grandeza que podía tener un escritor. Avancé en kilómetros. Después vino "La Odisea" y me compré un libro, "Bucólicos y líricos griegos", donde leí a Píndaro, Teócrito...

Usted estudiaba Literatura en la Católica y luego se pasó a San Marcos, donde ganó los Juegos Florales en 1965. ¿Ya tenía decidido que sería su profesión?
Jamás he visto a la literatura como una profesión, porque sé que un poeta no puede vivir de lo que publica. Pablo Neruda era uno de los pocos, pero también era embajador, cónsul. La separo casi siempre de lo que es el dinero. Yo vivo de lo que enseño y lo que publico. Como cualquier poeta tengo que comer, además me casé a los 26 años.

Si uno ve su obra crítica y traducciones aprecia un radio muy grande: Platón, Cátulo, el persa Omar Jayyam, el chino Li Po, los románticos, los simbolistas, los surrealistas... ¡Su amor por la literatura es muy amplio!
Ja, ja, ja, con el tiempo uno puede ir leyendo todo. Cada una de estas corrientes tiene una calidad que los identifica y que es una forma de ver la literatura de su época. Hay que ponerse en la época (...).

Yendo a su propia obra, los títulos de sus libros son: "Fuego de tu fuego", "Terra incognita", "Escrito en el agua". Fuego, tierra, agua... y le dedica poemas al aire. ¿Tiene un gusto por la alquimia?
Sí, hay dentro de "Terra incognita" un apartado que yo he llamado "Sucesión", que tiene los cuatro elementos. Además, he identificado cada elemento con la edad del protagonista de los poemas. El agua era el personaje antes del nacimiento, luego venía la tierra con la niñez, fuego y aire... El título no iba a ser "Terra incognita", sino "Sílabas de palabra humana", pero un amigo me dijo: "Ah, es un título vallejiano". Y me quitó las ganas de ponerle ese título y un día viendo un mapa antiguo vi que había una zona que decía terra incognita, porque cuando no sabían qué había ponían eso. Y dije: es la mejor metáfora para la poesía.

Su poesía es autobiográfica. En uno de sus poemas habla de la huaca de San Miguel.
Era la huaca de Los Tres Palos, lo que hoy es el Parque de las Leyendas, donde íbamos de niños. Desde la entrada era complicado porque había que subir un muro y entrar un poquito dentro de una casa y tirarse. Y a veces el dueño salía. De lejos se veía muy bonito porque se veía un lago y decías me voy a bañar, pero cuando te acercabas eran unas aguas muy negras, como un pantano, pero no podías entrar porque si entrabas te cortabas.

En su poesía hay erotismo. Para seguir con Francia, Américo Ferrari decía que la metáfora de su trabajo y su obsesión es la 'petit mort': la pequeña muerte que sigue al orgasmo.
Ja ja, ja, sí, creo que es la veta que más he explorado hasta mis últimos poemas.

Una parte de su trabajo es su labor de editor de los grandes poetas peruanos. ¿José María Eguren es su favorito? Antonio Cisneros dijo una vez que le gustaba Eguren más que César Vallejo y lo querían matar. Vamos, usted también se atreve a decirlo...
Eguren me gusta porque es el primer poeta peruano contemporáneo, de la modernidad, porque nosotros siempre estuvimos desfasados con relación a los movimientos mundiales. Eguren es el primero que nos iguala. Cuando uno busca un par de él en España o Latinoamérica no hay un poeta igual. Con Vallejo son distintos. Si lo vemos desde el punto de vista plástico, Eguren está sumamente adelante de Vallejo. Si lo vemos desde el punto de vista emocional, es Vallejo el primero. Yo los veo como un par de pilares de la poesía peruana. Pero eso sí, después de Eguren todo se nos dio por añadidura... Era fino y sugerente...

Usted ha editado a Martín Adán y César Moro. Pero ahora último se puso de moda entre los jóvenes Jorge Eduardo Eielson. Muchos lo reivindican también por encima de Vallejo.
Yo fui el primer editor de su poesía completa. De joven me fascinó, te hablo de los años 60, él comenzó a publicar en los 40. En esa época no se lo leía. Me pasa con muchos autores que he leído y luego veo que en veinte años son los que más se leen. El libro era una edición azulita, que ni yo tengo, y todos conocen a Eielson por esta y comienzan a escribir sobre él.

En el ambiente poético se mueven también juegos de poder, ego y envidias. Después de estas pugnas entre andinos y costeños, tuvo una polémica con Rodolfo Hinostroza por la invitación a festivales en el exterior. Usted le respondió fuerte, eh.
Una polémica que fue totalmente tonta, que no quiero ni recordarla. Él me obligó a salir a los medios, porque me atacó gratuitamente. No podía quedarme callado, ¿no dicen que el que calla otorga? Era un pleito de ratones. A mí no me gusta pelear, creo en la armonía del universo. Pero a veces uno tiene que contestar. Y contesté y punto.

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