Por Mariella Balbi
Que los limeños nos quejemos del endemoniado tránsito capitalino es un lugar común. Más aun si uno va en taxi al Centro de Lima un día viernes, en hora punta y acompañada por un extranjero. Tortura y lamento asegurados. Tomar un taxi es como jugar a la ruleta, nunca se sabe el estado del vehículo. Al que abordamos le chirriaba el chasís, junto con los neurotizantes cláxones la sordera está garantizada. A pesar del desconcierto del europeo, ya estábamos en el 'tubo'. Ni modo. Sortear la avenida Aramburú para llegar al zanjón es enervante. Quejarse al chofer por el estado de su vehículo, inútil. Seguidora de las causas perdidas, se lo hago notar. Los pulmones del europeo y de todos nosotros aspiran un humo negro, denso, tóxico, más o menos asfixiante, dependiendo cuán cerca esté uno del letal tubo de escape.
Los titulares de un quiosco de periódicos en la humeante avenida Manco Cápac, el desvío al centro, rezan: "Cojo Mame: No podrán matarme". "El cojo Mame no muere". La inquietud del extranjero sobre quién es Mame emerge, pero no es la pregunta más inquietante. Esta se refiere a si el tráfico es siempre así, haciendo hincapié en la enfermante contaminación. La pequeñísima dosis de chauvinismo que aún me queda me reprime decirle: "Esta ciudad es una porquería, la están destruyendo, deformando, calcutizando". Atragantada, le digo: "Es por el APEC". Entonces ahí salta el taxista, joven, bien criollo, rápido, 'achoradín': "Qué nos importa la APEC, pues, señorita. Además, ya se sabía de tiempo, debieron tomar sus 'provisiones' (sic)".
El europeo está atento, más aun porque tenemos que sortear a una carretilla que vende coliflores en la Manco Cápac y un señor de ascendencia asiática --parece de foto-- hace su compra. Cuadras más allá, otra carretilla ambulante en Bausate y Mesa. Avanzamos y topamos con un mendigo sentado en la berma con los pies en la pista. No se inmuta (¿habrá llegado al Nirvana?). Cláxones y más bocinas, el ruido y el humo llegan al paroxismo, los sazona un señor mayor que desde la vereda orina en la pista. ¿Qué le digo al gringo? Con cierta habilidad, sigo soslayando lo que vemos. Pero el taxista arremete. "Nos estamos volviendo locos, señorita Mariella. Han cerrado todo: Petit Thouars, Arequipa, el Paseo de los Héroes, Miraflores, la Colonial, la Universitaria, la Venezuela. El zanjón de la Grau es para los micros, los carros tienen semáforos en cada esquina, no sirve". Se despacha también contra la pista interior del zanjón. "Va a ser igualita", dice.
El europeo está atónito, entre divertido y no tanto. El conductor sigue con su descarga: "Aquí hay 'muy muy', ¿no cree?". La antropología me queda corta e indago por el "muy muy". Él se ríe a caquinos (no sé si de mí o de la situación) y mueve los diez dedos. Entiendo que alude al robo. Solo pienso, ¿cuántos asesinatos o ataques caben en este caos? Coincido con mi (ya) 'pata', el taxista. Con el perdón del Ejecutivo, Legislativo, el 'Judicial Poder' y los ilustres visitantes, me 'llega' el APEC, si esto se sabía hace tiempo "hubieran tomado sus 'provisiones' (sic)". Nadie nos pagará el psiquiatra.