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Punto de vista

El despertador anticonstitucional

Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador*

Eran las 5:59 de la mañana, y mis ojos por fin se habían dormido. Amanecía miércoles, en Huamanga. El día anterior había aterrizado allí gracias a Grandes Maestros del Arte Peruano, una muestra organizada por Transportadora de Gas del Perú. Debo ser honesto. Si aquella madrugada había dormido pocas horas era porque, en verdad, en la noche habíamos tenido razones para celebrar: la inauguración de la muestra había sido espléndida. Pero mi avión salía a las diez de la mañana y no tenía que madrugar. O, tonto de mí, eso es lo que yo creía: un terremoto de latón empezó a retumbar en mis oídos, una mano gigantesca que me daba tingotes en el lóbulo de la oreja diciéndome: "¡Despertad, despertad!". Levanté la cabeza aturdido: las campanadas eran un llamado a misa y provenían del convento de San Francisco, a una cuadra de mi hotel. Afortunadamente, pronto se detuvieron y pude volver a dormitar. Pero no por mucho tiempo: a los pocos minutos, una nueva andanada de badajazos me hizo saltar de la cama. Y a la tercera vez que intenté dormir, otra descarga de campanadas me hizo confirmar que el Morfeo griego no es nada ante el Dios cristiano.

Yo fui bautizado católico a los dos días de nacer, y estudié once años en un colegio de sacerdotes. Si con los años me alejé de la práctica católica fue por decisión propia, y no me hace ilusión que otros sigan mi ejemplo. La fe es un mecanismo tan íntimo que imponer la propia sobre los demás es una de las mayores faltas de respeto que pueda haber. Sin embargo, y a pesar de la reverencia que guardo por las personas creyentes, juro que en esos enajenados minutos de mi trance huamanguino deseé que la persona que hacía tañer la maldita campana terminara ahorcada por la soga que manipulaba. Horas después, cabeceando soñoliento en el avión que me regresaba a Lima, me puse a pensar en las atribuciones que algunos creyentes de la Iglesia Católica se toman y en la ceguera o el aprovechamiento que las autoridades hacen de las mismas. "A ver --me dije--, ¿qué haría el alcalde de Huamanga si yo fuera el dueño de un gimnasio y pasara todos los días por su casa a las seis de la mañana con una sirena estruendosa avisando que ya abrí las puertas?". No solo me multaría, estoy seguro. Antes de que el avión aterrizara recordé también una noticia publicada el año pasado: la Municipalidad de Chorrillos había decidido derrumbar la gigantesca cruz sobre el Morro Solar erigida en 1988 con restos de torres dinamitadas por el terrorismo, en homenaje a la segunda visita de Juan Pablo II. No es que casi no alumbrara: estaba tan corroída que su precariedad era un peligro para los vecinos. Me pareció un final hermoso y responsable para la estructura: así como el terrorismo se había desvanecido con los años, la cruz de homenaje había pasado por un proceso parecido. Pero, ¿qué anunciaba el alcalde ese mismo día? Que iba a gastar 300 mil soles en colocar una nueva. Trescientos mil soles. ¿En qué otras cosas podían invertirse esa cantidad, con una finalidad beneficiosa tanto para creyentes y no creyentes? O, poniéndome extremista: si el alcalde de Chorrillos fue elegido por cristianos y no cristianos, ¿no debía haber invertido también en medialunas musulmanas, efigies budistas y figuras hindúes? El poder político y el poder religioso conviven en alianza desde que el hombre vio caer un rayo a tierra por primera vez. Lo entiendo, aunque no me guste. Pero esa alianza, tan conveniente para ambos, tiene límites. Sobre todo en un país con una Constitución que garantiza la libertad de culto. ¿Qué hará, alcalde de Huamanga, con esas campanadas?

* www.toronja.com.pe

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