Por: Juan Paredes Castro |
El poder presidencial en el Perú tiene tales características de concentración que difícilmente el más pintado de los partidos, como en este caso el Apra, podría pretender reflejarse en él como tal, de la misma manera que los poderes sectoriales de los ministros, con asiento en el Gabinete y firma al pie de decretos y resoluciones, siempre acabarán pesando más que todas las consejerías juntas, bajo la claridad o la sombra.
Más acá o más allá del partido que haya llegado al poder, más acá o más allá de la influencia que un determinado entorno pueda poseer sobre el hombre que encarna la más alta magistratura del país, lo cierto es que en materia de decisiones de gobierno no hay nada más concreto y determinante que el poder presidencial, casi de la mano del otro poder distribuido en manos de los ministros de Estado.
Estamos hablando, claro está, de nuestro sistema político democrático y constitucionalmente vigente. No de su excepción ni de su exclusión, donde lo que prima es la dictadura o el autoritarismo.
¿A qué viene todo esto?
En primer lugar, existe la percepción pública de que el partido aprista está, efectivamente, pintado en la pared. A ello contribuyen dos hechos: uno, que la cúpula presidida por Mauricio Mulder habría perdido fuerza al interior y exterior; otro, que la misma cúpula no es ni la bisagra que permita el reclutamiento partidario de los mejores cuadros de gestión para el Gobierno ni el pararrayos propicio y resistente de las más variadas demandas populistas y estatistas que todavía se incuban a su interior, como las de Luis Negreiros en la política portuaria.
En segundo lugar, las reuniones regulares de Alan García con la bancada parlamentaria aprista en palacio de Gobierno se han vuelto más formales que reales y cada vez menos cosas fundamentales se deciden en esta instancia. Recuérdese que las presiones que solían generarse desde aquí por cambios ministeriales no llegaron a tener su correlato en las decisiones esperadas.
En tercer lugar, es habitual que en coyunturas críticas como la presente, de un crecimiento económico acompañado por inflación y de caída del dólar y de una baja en la aprobación presidencial en relación casi directa con los lentos e improductivos esfuerzos por empujar el carro de la redistribución social, García escuche y busque escuchar a más gente que de costumbre, sin necesariamente mezclar este nivel de consulta con el día a día de sus ministros.
Esto último podría dar la impresión de lo que "Perú 21" ha visto como el perfilamiento de un gabinete en la sombra, cuando lo que posiblemente viene ocurriendo, entre bambalinas, sea un "manejo de crisis", de la que, de paso, no creemos ajeno a Jorge del Castillo.