Por Pedro Ortiz Bisso
Imagínese que enciende la radio para escuchar las noticias del día y se entera de que los desagües de media Lima pasarán por la puerta de su casa.
Imagínese ver en la televisión a un funcionario municipal explicando que esa obra que causa colas interminables de autos en la Vía Expresa y que hace de su hígado lo más parecido a un puré todos los días, terminará de construirse en setiembre. Y cuando empieza a calcular a cuántas mañanas de sufrimiento se encuentra de ese gran día, el mismo funcionario municipal anuncia que dicha edificación que cambiará radicalmente el sistema de transporte público de la ciudad --la Estación Central del Paseo de los Héroes Navales-- recién empezará a funcionar en diciembre del próximo año. Es decir quince meses después de terminada su construcción (¡Quince meses después!).
Imagínese una tarde saliendo de su casa rumbo a comprar el pan para el lonchecito y antes de doblar la esquina se encuentra con una balacera infernal entre los pandilleros más desalmados del Callao y un grupo de policías.
Haga otro esfuerzo e imagínese calculando cuánto le falta para reunir la cuota inicial de ese departamentito que vio tiempo atrás y cuando acude al banco a hacer la transacción, le informan que otro ya le ganó por puesta de mano. Entonces, pasan los meses y se entera de que el dueño del departamentitoo que quería, lo obtuvo con trampa, porque tiene un pariente influyente y un carnet con una estrella mágica que abre puertas por doquier.
A pesar del encabezado, en realidad no necesita imaginar nada. Todos estos casos son reales. En cada uno de ellos se pueden encontrar las razones por las que el limeño de a pie se siente cada vez más abandonado, por qué la confianza en las instituciones continúa decreciendo y la capital del país se ha convertido en tierra fértil para la violencia, la desidia y la corrupción.
Así está Lima y gran parte de culpa la tenemos los propios limeños, que poco o nada hacemos para convertirla en un lugar vivible. Pero también la tienen aquellos que aunque viven de nuestros impuestos, ni siquiera se dan el trabajo para disimular su incompetencia. Nuestra Lima sufre con nosotros, y por ahora no parece haber nadie interesado en aliviar su tristeza.