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DEL EDITOR

La incógnita de Fernando Lugo

Por Carlos Novoa

La reciente elección del obispo Fernando Lugo como presidente electo de Paraguay es un movimiento más en esta suerte de ajedrez político que se juega en América del Sur entre dos protagonistas. Uno está claramente identificado con los conceptos de una izquierda en el sentido más literal; es decir, con una abierta y punzante oposición a todo lo que signifique cualquier representación del modelo de libre mercado. En este lado asoma el venezolano Hugo Chávez como un líder natural, secundado por Evo Morales en Bolivia, así como Rafael Correa en Ecuador. En esos tres países existen coincidencias de fondo y de forma, de tal manera que actúan --tanto en lo político, como en lo económico-- en una misma dirección.

En una oposición diametralmente contraria se ubica el presidente colombiano, Álvaro Uribe, una pieza de apoyo clave de Estados Unidos en la región, sobre todo por su frontal lucha contra el terrorismo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombianas (FARC).

De hecho, los últimos roces políticos y diplomáticos entre Colombia, Ecuador y Venezuela tuvieron como común denominador a las FARC.

Otro grupo que tiene algún tipo de vinculación con la izquierda --ya sea por su origen, acercamiento o discurso político--, pero que en la práctica sigue las recetas de la economía de libre mercado, está formado por Chile, Brasil, Uruguay, Argentina y el Perú (Alan García se identificó como un líder socialdemócrata en su primer gobierno).

¿Cómo explicar está suerte de resurgimiento de la izquierda en la región? A finales de los años ochenta las dictaduras de América Latina dieron paso a noveles e imperfectas democracias que trajeron vientos de cambio. Ante la caída del Muro de Berlín y el derribamiento de la Unión Soviética, el modelo comunista se volvió obsoleto y surgió la apertura de fronteras económicas, que buscaban captar millonarias inversiones extranjeras para mitigar la pobreza.

Sin embargo, por una serie de situaciones --entre corrupción, manejos ineficientes, falta de preparación y desconocimiento de la realidad--, en general, el modelo de libre mercado no funcionó en algunos países y, por el contrario, creó una mayor división social.

Fue en este contexto, en medio de la apatía política de un electorado desencantado por la corrupción y el clientelismo de las clases políticas dominantes, que los discursos reivindicatorios, en favor de los menos favorecidos, cuajaron desde finales de los noventa y dieron paso a figuras mesiánicas como Hugo Chávez o Evo Morales.

Es por eso que la elección de Fernando Lugo se convierte en una suerte de incógnita. El ex obispo venció en unos difíciles comicios porque aprovechó la inmejorable coyuntura política paraguaya, con el colapso de una fuerza como la del Partido Colorado que monopolizó el poder durante seis décadas.

Más allá de este juego de ajedrez y de etiquetas maniqueas como el ser o no ser de izquierda o derecha, se hace necesario ampliar el horizonte y mirar ya no solo lo que sucede en América Latina, sino en el mundo en general para ver, analizar, entender y comparar los cambios a nivel mundial. De otra manera no se podría explicar un fenómeno como el de China. El gigante asiático tiene una economía abierta y de un crecimiento promedio anual del 11%, lo que la ha convertido en una suerte de chica más bonita de la fiesta con la que todos quieren bailar. Y se sigue llamando comunista

La elección de Fernando Lugo extiende la ola de liderazgo izquierdista en Sudamérica. En el papel le sirve a Chávez y a sus amigos para el discurso. En la práctica, hay una gran brecha política entre las izquierdas de la región. No es lo mismo el Hugo Chávez de Venezuela que la Michelle Bachelet de Chile. Habrá que esperar hacia dónde se dirigirá Lugo desde el 15 de agosto en que asuma el poder en Paraguay.

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