MUESTRA Jan Fabre en el Museo de Louvre
Por Alberto Revoredo. Enviado especial
PARÍS. No cualquier artista tiene carta blanca para irrumpir en una de las salas del Louvre. En la galería en que se exponen cuadros de Rubens, Rembrandt y otros artistas flamencos, un hombre de mediana estatura, nívea cabellera, sobretodo azul, jeans y zapatillas blancas, da rienda suelta a lo que algunos han llamado terrorismo poético.
Su nombre es Jan Fabre, un dibujante, pintor, performer, autor, dramaturgo y coreógrafo belga. Más allá de las correspondencias entre las obras, el diálogo que Fabre realiza con artistas del pasado nos muestra similitudes de universos, visiones del mundo y permanencia de determinados temas, al margen de las mutaciones materiales y formales.
"Con dieciocho años me fui a instalar a Brujas para ver las pinturas de los primitivos flamencos representando a Cristo, sus llagas de mutilación, de flagelación. Allí he descubierto el 'body art' y la performance, incluso antes de saber lo que era. Esto ha influenciado mucho mi pensamiento respecto al arte y a la belleza", dice el artista.
Así, Fabre, de 50 años, despliega entre los clásicos sus esculturas antropomórficas de ángeles, monjes y guerreros, realizadas con escarabajos o láminas de hueso, que les brindan un caparazón protector para sus cuerpos vacíos e inmateriales. El lenguaje poético que combina con su bestiario le permite captar el mundo en toda su complejidad y explorar las similitudes de comportamiento entre los mundos humano y animal.
Ese abundante bestiario simbólico está compuesto por su insecto fetiche, el escarabajo sagrado y su excremento (símbolo de la metamorfosis), el cordero místico (símbolo del Cristo sacrificado), el gusano (símbolo de fertilidad), el búho y la lechuza (símbolos de sabiduría y locura), el loro (símbolo de la palabra divina) y el pavo real (álter ego vanidoso). El artista utiliza los animales como metamorfosis y materiales por complemento.
En el tenor de sus investigaciones artísticas sobre el cuerpo físico, su vulnerabilidad y espiritualidad, Fabre nos invita a una reflexión respecto a nuestro destino posmórtem y nos confronta con cuadros de los siglos XVI y XVII, principalmente desarrollados en los países nórdicos y a menudo destinados a la devoción personal. Todo su trabajo sigue el modelo de la consilience, un concepto filosófico que pretende reunir las diversas disciplinas (ciencias naturales, políticas, humanas y sociales), con el fin de alcanzar un avance simultáneo del conocimiento.
La obra de Fabre se manifiesta por la búsqueda casi mística de un nuevo modelo para la humanidad, que sepa desprenderse de los dolores que le causan su condición material terrestre. Este hombre nuevo, símbolo de la perfección espiritual y del paso de la vida a la muerte, se personifica en la figura del ángel.
Algunos no le perdonan el hecho de levantar el teléfono para vender su arte en sus inicios. Pese a todo, Fabre es hoy en día uno de los artistas contemporáneos más influyentes. "El ángel de la metamorfosis", título de la exposición, estará en exhibición hasta el 7 de julio en el Museo del Louvre.